Viciados de Nulidad
Hombre con paraguas abierto de espaldas en la vereda, con fondo de imagen desenfocado
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De fríos y encantamientos

La llegada de mayo trae a cuestas los primeros días de frío. Nuestro cuarentennial analiza los distintos tipos de fríos que habitan en Montevideo.

Mayo tiene el discreto encanto del frío instalándose en los rincones más imprevistos de la cotidianeidad de cada uno, cada una. Alejado de esas jornadas bipolares de abril y marzo en que nunca se sabe si llevar una mochila con un buzo liviano y un paraguas por las dudas o salir medianamente abrigado para caminar cargando la camperita de lluvia en el antebrazo y putear a la gente de meteorología que jamás acierta, o a los dioses que se empeñan en enviar fríos y calores a destiempo de las previsiones que cada cual hizo antes de iniciar la jornada.

El frío montevideano como las modelos de las alfombras rojas de los festivales de cine, arropa sus magras carnes con distintos trajes y vestiduras. Hay frío “viento que corta la respiración”, modelo ventarrón que sube expreso desde la rambla, arremolina hojas y bolsas de nylon y te congela desde la nariz hasta los tobillos cuando salís de trabajar. Suele combinar muy bien con el o la compa del laburo que puso el aire acondicionado en 33 grados «porque dieron frío para hoy» y te hace pasteurizar en cuanto salis para volverte a tu casa.

Hay frío «hoy está pa un guiso» que suele ser de cielo abierto y celeste como camiseta de Godín o Lugano. Es ese frío que te agarra casi siempre en sábado o domingo, y te saca corriendo al almacén a buscar unas lentejas o lentejones para meter en agua cuanto antes, así esta noche o mañana en la mañana arranco a picar y saltar cebolla. Cualquier abombado sabe que hombre que sabe saltar cebolla vale por dos. Es de los fríos que se lleva muy bien con un vino.

Está el frío «vamo a tomar una» que ataca a los universitarios jóvenes que encaran pal boliche, que por acá hace años que dejó de ser una pecera con gallego en el mostrador y pasó a ser un garage diminuto de casa vieja con dos hipsters (con cara de desayunar faso y semillas de chía), a tomar una cervecita artesanal, de esas masticables como chinchulines mal asados, amargas como raíz de gramilla, y que con un solo vaso te dejan más lleno que un plato de buseca del bar de La Mechuda, hace tiempo y allá lejos (ni pregunten).

Ese mismo frío que hace veinte años nos colocaba a los universitarios de la época frente a una conlimón doble sin hielo, o un medio y medio y un cenicero que íbamos llenando de a poco, parsimoniosamente entre trago y trago, mientras descifrábamos los misterios de un mundo que nos parecía horrible y empeorando, seguramente como efecto de la urgencia hormonal y militante de los estudiantes en celo.

Hay frío «putamadre como llueve», sobre todo en las mañanas, cuando uno sabe que, además del madrugón, el ómnibus y el laburo, le aguarda una mañana de diluvio, baldosas flojas y pies que se mojarán en la primera esquina y no recuperarán su temperatura normal hasta la tardecita. Ese momento en que el efecto combinado del «vamo a tomar una» con el «ahhhh, por fin en casita» nos deje mutando frente a una pantalla, donde esperaremos que alguna serie nos haga sentir parte de esa comunidad de solitarios que consumimos comunidad sin hablar con nadie. No vaya a ser.

Está el frío duro de quienes lo habitan en la calle, porque la calle es su lugar único en el mundo. Es frío hecho de cartones en el suelo, alguna manta sucia de desidia ajena, y con suerte algún nylon grande que corte un poco el viento, y ayude a que el calor no se vaya de esa mínima intimidad a cielo abierto. Es el frío que suele hacernos desviar la mirada, o a lo sumo murmurar algo que va desde el “qué horrible pobre gente” al “qué barbaridad cómo no se los llevan de mi cuadra, con la inseguridad que hay”

Contrasta fuerte con el frío más lindo del mundo, querido, es ese «ahhhh por fin en casita» que entra en el cuerpo cada vez que llegas a su casa y ves su sonrisa, mientras encaras la cocina a ver si picas unas cebollas bien chiquitas antes de saltarlas. O ese que te entra cuando tu hija  menor se lava las manos, recién llegada de la escuela y vos te ponés a hacer una cocoa calentita «que hace frío». Son de esos fríos que abrigan el alma, porque nos ponen en contacto con quienes amamos.

Pero hay un frío que te congela de los pies a la cabeza. Un frío de horror oscuro y helado que nace en medio de la nada, y arruina el día. Como cuando los dementores de Voldemort siguiendo a Harry Potter aparecen en pantalla y rodean viscosos a los humanos, desparramando miedo sin sentido, robando todo atisbo de alegría. Ese frío contra el que no hay encantamiento individual que devuelva la vida, porque se alimenta de lo sí mismo y se multiplica en los desprevenidos. Frío que solo aplaca el paciente calor de la memoria colectiva, frío contra el que hoy y siempre gritamos ¡Nunca más!

Cuarentennial

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