Viciados de Nulidad
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De nostalgias y masacres

De canciones viejas, bailes, ocupaciones y batallas campales está hecha la memora del 24 de agosto. Como con todos los pasados no elaborados, cada tanto, repetimos las peores partes, sin aprender nunca demasiado,

«Mirá alrededor

decime lo que ves

en esta confusión

escuchá con atención»

Traidores, Canción Rebelde, 1995

Dice Sabina que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. ¿y si esa pelota de Aguirre no hubiera quedado detenida en la nieve de Tokyo, aquel diciembre del 87? ¿Y si Cavani enganchaba hacia afuera en la montonera que era el área holandesa en esa remontada tan heroica como vana del 2010? ¿seríamos campeones del mundo? 

Hoy medio país siente el desconsuelo de no poder juntarse a bailar lo peor de cada década como si fuera algo que valió la pena. Nada de pasitos à la Travolta, ni de coreos de Village People, o de desgañitarse gritando guata fiiilin o uruguayos campeones como si fueran cantos de guerra. 

Volviendo a Sabina, mi peor nostalgia es la del baile que no tuve un 24 de agosto en que había hecho todo, concienzudamente para que fuera LA noche de la nostalgia. Teníamos (el cambio de singular a plural no es efecto dirigente político en campaña o fubolista rioplatense en Europa, sino indicador de que esto fue colectivo, y pensado) los recursos, el local, y hasta una causa como la gente.

Aquel año, verás, estábamos en plena lucha material e ideológica. El gobierno de turno (siempre volvemos a lo peor, efecto secundario de viejos y nostálgicos) había incluído en su reducción de recursos para la educación una cláusula por la cual, la UdelaR, pobre de dinero, quedaba habilitada a cobrar matrícula de ingreso a sus estudiantes.

En su idea democrática y republicana, si no podes pagar entrada, no bailás, ni estudiás ni nada, a ver si nos sacamos de encima todo ese batllismo igualitario de mal gusto che.

La barra que éramos la FEUU, nos organizamos para hacer algunas cosas, ocupar facultades, reunir firmas para convocar a un plebiscito que obligara a que el 4,5% del presupuesto se destinara a educación, y otra serie de cosas. Seguro recordás la imagen de la Universidad (aun no le decíamos la UdelaR, sabíamos que sin cogobierno y autonomía, hay casas de estudio, pero que universidad es otra cosa) cubierta de nylon negro.

Con la facu ocupada, mucho de las finanzas se había hecho a fuerza de bailes, y -usté no va a creer- este cuarentennial jugaba a ser dj, en una época en que los formatos eran variadísimos, desde cintas a cds pasando por los vinilos que eran como una especie en extinción en esa década. Como los derechos sociales, ponele.

Todo estaba planificado, y se venía ejecutando a la perfección. A las 16 llegaron los equipos, para armar las torres de sonido, bien amplificados y regulados para que el rebote no fuera tan grave en el primer piso. El salón destinado a cantina recibió cajones y cajones de cerveza, refrescos y kilos de hielo que fueron a dar a unas tarrinas enormes, la ropería estaba vacía pero pronta. 

Para las 19 con el sonido armado, coloqué un disco de The Police y me puse a trabajar en el armado de las luces. Volví al singular, ¿vió lector? ¿Es que no sé manejar el relato? Algo de eso hay, pero lo interesante es que después de recibir los equipos y subirlos por aquellas escaleras eternas, el grueso de la barra se había mandado mudar. Ese 24 había una tarea militante previa a los festejos.

Instaladas las luces, sobre las 20:30, sentí un grito en que la desesperación y la furia hacían que la voz de la recién llegada fuera una rugido grave, brotado de las entrañas de una bestia herida siglos antes.

  • Qué haces energúmeno?!!!
  • Armo un baile, compa. Sabés de sobra, quedé a cargo de eso.
  • Ahí fuera la policía mata a tus compañeros, ¿y vos armás un baile? Vos estás muy mal…

Bajé de la escalera donde estaba ajustando un globo de espejos. respiré hondo y fui a encender la radio. Ella tenía razón, se habían soltado las bestias. Una lluvia de plomo y sablazos había caído sobre la multitud de estudiantes, mujeres, laburantes, viejos, jóvenes que rodeaban el Hospital Filtro en defensa de nuestra tradición de país solidario y de refugio. Pero para aquel gobierno eso no era importante, y nunca los detuvo la desproporciòn entre el reclamo y su respuesta.

La noche más larga de la década se nos fue en reunirnos de a poco, en facultad y esperar noticias de todos y cada uno de los que habían ido. La última de todas, temblando, llegó a facultad a las 3 am, luego de pasar más de cuatro largas horas tirada bajo una camioneta, paralizada de miedo y esperando que no quedara en la zona ninguno de los agentes de aquel horror. 

Ese 24 de agosto del 94 no se me olvida, y creeme borrego, lo de armar un baile que no se hizo, fue la parte más liviana de aquel mal sueño.

Cuarentennial

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