Viciados de Nulidad
Inicio » Cultura » Desde aquel chaparrón hasta hoy

Desde aquel chaparrón hasta hoy

«Cuando llueve no hay permiso para salir a jugar». Así cantaban los viejos de mi pueblo los días de lluvia. En medio del aguanieve que flota en la ciudad, Cuarentennial nos trae sus recuerdos de lluvias memorables.

Julio repta por el almanaque, en medio de las jornadas más frías del invierno. El senado acaba de votar la versión definitiva de la LUC, los gurises comienzan a tener clases en la escuela y el liceo, ya no en casa. Fuera de la ventana, la lluvia que no se ve, pero moja, flotando en el aire, es una delicia gris y melancólica que insiste en despertar la dualidad que siempre trae la lluvia.

Allá en el pueblo la lluvia era esa maldición que liquidaba el fútbol de la cuadra cuando las madres asomaban las cabezas desde cada puerta al grito de “Adentro que está lloviendo!”, hasta que se transformaba en la fiesta de grasa derritiéndose mientras la vieja hacía sus pases mágicos de harina y sal. No hay lluvia más linda que la que golpea la ventana de la cocina mientras la casa se inunda de olor a tortafritas.

También en el pueblo pero unos años más tarde, el agua caída del cielo cobró otros sentidos, cuando empezamos a escuchar que vivíamos igual que ayer, y no habría nada de especial

Otro día en la misma pudrición.

Un reflejo de la gente

en la misma condición…

Pegaba fuerte la lluvia montevideana del 85. Tanto ayudó a despertar a una generación descontenta del gris en que la dictadura había transformado las pocas vidas que no robó. Era una lluvia ardiente, en cada gota venían las brasas de una vida que volvía a latir, brotando en los tajos de cada adoquín después de haber sido pisada mil veces durante un invierno de 12 años.

Maldición llovida a cántaros en pleno invierno, mientras la aldea veía al río engordar, rambla arriba, desalojando cada año a los vecinos más pobres, esos que se amontonan a orillas de ríos, arroyos, cañadas o vías de tren que ya nadie recorría. 

Bendición que besa la tierra a tiempo, y hace brotar poetas inesperados que cuentan cómo sonríe el campo mientras verdea a sus anchas bajo la mansa lluvia de setiembre, cuando el sol empieza a devolver temperatura al cuerpo y la tierra necesita hidratarse.

Bajo un diluvio tibio de mediados de un diciembre del siglo pasado, en medio de la calle les veo fundirse en el beso más mojado del mundo, minutos antes de que ella se zambulla en el taxi que la devuelve a la rutina de un matrimonio moribundo, y él se pierda en un tugurio donde la grappa lo mantendrá despierto el tiempo necesario para resignarse a vivir sin ella.

Otra lluvia, salvaje hace casi veinte años, macera a fuego lento la enorme piscina de barro en que retozan las bandas ricoteras, al calor del tetrabrick, aguardando ansiosa la llegada del Indio. Aquella misa en medio del barrial duró, como siempre, hasta que el pogo más grande del mundo hizo temblar al velódromo, y el coro, ronco bajo la luna, aulló a los cuatro vientos que aquello no era un sueño, y que corríamos a la deriva, con los ojos ciegos bien abiertos. 

Lluvia de mayo de 2019, vomitada a mares sobre un manto de paraguas, encarnizándose sobre la marcha silenciosa que cada año recorre 18 de julio preguntando dónde están. Lo sabemos, dios es de derechas, trabaja a sueldo del patrón desde que lo parió un oscuro expediente, pero jamás podrá con la mansedumbre digna de los caminantes. Hasta ese despreciable diosecito asesino de niños, amante de secretos bancarios, de cuarteles y  de pedófilos tiene sus limitaciones.

Lluvia roja y nocturna, vista desde las ventanas de un piso 19, donde la altura transforma la ciudad en un mar de luces amarillas y blancas pálidas bajo un cielo rojo sangre; rasgado cada tanto por los relámpagos de una atmósfera urgida de descargar su furia sobre la piel gris y humeante de la muy fiel y reconquistadora.

Lluvia jugando en un mar verde plomo al que el viento estira y encoje sin ton ni son, como a un bandoneón abandonado en manos inexpertas, que no logran robarle una melodía al fuelle. Lluvias que sobran, lluvias que faltan, habitando desde siempre la plegaria del productor rural.

Lluvia de verano, llegada sin aviso, haciendo temblar el campamento entre los pinos de Santa Teresa o bajo los sauces del Río Negro, o chaparrón de fecha patria, corriendo el acto para la mañana siguiente. Lluvia sobre el tejado, invitando a la siesta, o agua inmisericorde cayendo sobre los cartones que malabrigan a quien sobrevive en las calles.

Lluvia helada de la tarde. Mansa aguanieve que enfría el paisaje, flotando suave entre el tráfico cansino de los buses abarrotados de gente enfundada en sus gorros, camperas, zapatos de goma, tapabocas y auriculares cada vez más gigantes. 

Lluvia como la que ahora cae, mientras un montón de manos sintonizadas en 1973 votan una ley de urgencia, sin ninguna consideración. Triste invierno montevideano, sin futbol en la calle, y para colmo, sin tortafritas.

Cuarentennial

Añadir comentarios

Seguinos en redes

¿Qué te cuesta?
Para vos es un click y a nosotros nos ayudas a crecer.

Nuestro Instagram

Archivos