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Es la ética, estúpido!

Sonados casos de personalidades públicas de la oposición, que figuran como pases en comisión más cómodos que un 5 a 0, dejan en evidencia que también los que acusan pueden verse envueltos en problemas éticos.

Esta última semana ha estado marcada por un par de cuestiones que interesa particularmente poner en tensión. Hace unos 10 o 15 días, en medio de una entrevista, Robert Silva deslizó ante sus complicaciones para recordar dónde estaba en un momento laboral que «es que estaba en un pase en comisión».

El buen hombre había accedido por concurso a algún cargo de la URSEA y más o menos por el mismo tiempo, habría estado ocupando cargos en la empresa TEYMA/ Abengoa, lo que podría dar un cierto conflicto de intereses. Ese no será el tema de estos párrafos, más allá de que significativamente don Robert marcó como empleador a «Abengoa», que no nos dice nada, y obvió la parte de «Teyma», que fácilmente asociamos a una de esas constructoras que siempre contrata con el estado. Los olvidos y lo obviado, siempre dicen alguna cosa, en gral a quien olvida u obvia…

Hace un par de días alguien se encontró con que Jaime Clara, una de las voces más identificables de Radio Sarandí, como lo fuera la voz de Gerardo Sotelo, periodista y candidato independiente. Resulta que don Jaime no tiene empacho en cobrar un sueldo en el MGAP, y a cambio de pasarle la lista de noticias del día a Pablo Mieres -autoproclamado cada campaña como «el fiel de la balanza del parlamento»-, tener el día libre para tener uno, dos, tres programas diarios y uno semanal.

La entrevista de Mieres con No toquen nada puede resumirse en palabras de Darwin Desbocatti, «no es digno pero es legal», es decir, en tanto y en cuanto a él le resulta útil tener ese resumen de noticias, no le complica mayormente saber que a) está generando un gasto extra en el estado, y b) de hecho, libera todo el tiempo de don Jaime para que nos de su Clara versión del mundo en Sarandí cada día.

La discusión puede ir hacia el sitio fácil de caerle a «los pases en comisión», puede darse en la facilonga y tribunera discusión intitulada «y el FA qué, te olvidaste del lic. Sendic ?», o «mirá que los blancos también, eh» o derivar hacia cualquier sitio, incluido el consabido y peligrosísimo «son todos iguales». Vamos, que a seis semanas de las elecciones, todo el mundo cree legítimo arrimar agua para lo que considera su molino.

Lo que me interesa destacar aquí es que el tema no se resuelve ni con reglamentos, ni con gritos de dignidades mancilladas lanzados en algún acto frente a los convencidos de siempre, ni con códigos morales que digan cuanto tiempo y en qué condiciones puede un funcionario estar en comisión en otro servicio.

Un pase en comisión implica que durante el tiempo que dure, un organismo paga un salario a un funcionario que no está allí para realizar la tarea para la que tal organismo lo contrató. Y como tiene el lugar presupuestalmente cubierto, alguien más debe realizar la tarea. Vale decir, cuando un funcionario se va en comisión, el organismo pierde dos veces.

Por otro lado, es común que al irse en comisión de un sitio a otro, tal funcionario «gane» algo, que va desde un aumento de salario (por pasar a un organismo que paga más), cierto prestigio por la función o por la cercanía a algún jerarca que lo lleva, o sumar dos ingresos (Silva podía renunciar al pase y cobrar solo como delegado electo por los docentes, pero no lo hizo), o directamente liberar tiempo de oficina para dedicarse a otra tarea (como en el caso de Clara) mientras no pierde el ingreso seguro del estado.

No me detendré en la observación de que justo estos casos vienen de gente que trabaja para partidos discursivamente hiperpreocupados por el gasto estatal, es una conclusión a la que cualquier lector llega fácil «haz como yo digo, jamás como yo hago…», sino en que el fondo del asunto es ético.

Y la ética es ese delicado film invisible que queda entre nuestra cabeza y la almohada, la delgada línea que o nos permite dormir tranquilos, o nos saca mal dormidos y un tanto destemplados a decir que sí, que no es lo que predicamos, pero sigue siendo legal.

Justo el tipo de ventajeo peligroso que pone en jaque un día sí y otro también nuestra idea de democracia republicana, ese tesoro con el que no debiéramos jugar, sino cuidar, tanto como cuidamos al mayor de nuestros intereses. Se ha vuelto un lugar común, encontrar títulos como «es la economía, estúpido», o «es la política…», aunque todos sabemos que bajo cada decisión, lo que está, es la ética. Algún tipo de ética.

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