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La quinta del viejo

Cuarentennial relata cómo la sabiduría del viejo haciendo la quinta, viaja en el tiempo y se junta con los comentarios y preguntas de su hija.

El viejo tenía una quinta. Nada especial, mínima, de patio en ciudad del interior. Choclos en fila como milico en desfile, verdes, enhiestos, uno al lado del otro, contra el alambrado, oficiaban de medianera.

En el centro las plantas de hoja grande, lechuga, acelga y alguna espinaca. En unos canteros grandes que dibujaban tres rectángulos de distinto tono de verde, como los paisajes de Catamarca que uno oía en la spika. Porque a la quinta se iba con la spika, la colgaba en alguna rama del limonero, o la apoyaba contra la pared, cuidando que no le diera mucho el sol.

Más cerca de la casa, había otra tanda, donde crecían cebollas, algún puerro, perejiles, ajos, y en la primavera, la tierra recibía arena, y se plantaban frutillas. La última fila, casi contra la pared de la casa era la de las tres tomateras. Aquellas estructuras de caña, y su canaleta central, donde se echaba agua como quien no paga la ose.

Nunca se me ocurrió preguntarle al viejo por qué hacía quinta. Era uno de esos criollos nacido antes de Maracaná cuya idea de una ensalada era, arroz, papa y huevo duro. Como variante extrema, alguna chaucha. De los que como acompañamiento del asado te ponía chinchulines, chorizos y riñones en el plato. Una de esas bestias que a lo sumo te comía algo de lechuga y tomate porque la vieja le decía “probalos que son de la quinta”.

Pero cada sábado, en la mañana antes que el sol apretara fuerte en verano, o cuando estaba precioso en el invierno arrancaba para el fondo, con su azada, su escardillo y su pala de dientes. Apoyaba todo en la pared del fondo y hacía el camino hacia la casa, rodeando cada cantero, agachándose para arrancar cada brizna de gramilla.

“Vio m’hijo? Estos yuyos nunca mueren, siempre están ahí, y si usté los deja descuidados en quince días le tapan todo el cantero.”

Yo era primero un gurisito de patas flacas, con mis siete años, mirando y pidiendo pa meter mano a cada segundo. Después fui un gurisón, desgarbado, con pelo en las patas y sombra de bigote, que medio se embolaba de dar vuelta tierra o volver de la playa a tiempo pa regar los chochlos, pero estaba ahí cada sábado.

Sobre todo porque entre una cosa y otra el viejo comentaba siempre algo, sobre la gente y sus formas de hacer cosas medio sin criterio. Era una mini caminata por la vida, a la sombra de aquel tipo grandote que resoplaba en cada cantero que daba vuelta, junaba a las hormigas de lejos, y no perdía ocasión de chiflar los tangos de Canaro como un poseído, la azada apoyada entre los pies, y las manos cruzadas sobre el mango.

Ahora que ando cuarentennial a veces camino la ciudad con mi pequeña, una enana que no para de preguntar el mundo y esperar respuestas que uno no tiene.

El otro día mirando las columnas cerca de tres cruces, llenas de carteles de una candidata del partido nacional me preguntó por qué alguien que quiere ser presidenta pone un número de celular en su cartel ¿será para hablar con alguien?, y antes de que yo pudiera barruntar alguna respuesta, siguió comentando: “si falta hasta el invierno, ¿para qué ponen ya tantos carteles? ¿Para que sepan que existen?

Ahi se me cruzó la voz del viejo, susurrando con la voz tomada por el esfuerzo de arrancarle fruto a cada centímetro de tierra que la vida te regala, lo oí clarito, “esos yuyos siempre están ahi, y si usté los deja descuidados…” Miré a la gurisa, sonreí y me puse a pensar que a lo mejor consigo un par de cajones de feria y planto aunque sea unos tomates cherry.

Cuarentennial

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