Viciados de Nulidad
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Mi amigo más viejo

Cuarentennial anda sensible, casi cursi, y además, se descubrió una cana al peinarse hace dos días. Por eso le permitimos que cuente cómo conoció a su amigo más viejo. Uno de esos nacidos en julio.

Las clases habían comenzado una semana antes. Mi clase, 4to B, estaba a cargo de una de las maestras más experientes de la escuela. Una mujer joven, de armas tomar, habitada por esas dosis de ternura y picardía que hacen que aún hoy, 40 años después, siga siendo una visita obligada para muchos de sus ex alumnos.

En 4to A la maestra era nueva, recién salida de magisterio. El azar había depositado uno de los gurises “complicados” de la escuela en su grupo, y con un manejo propio de la época, la dirección mandó el cambiazo. El complicado con la experiente, y el nuevo en la escuela, con la maestra nueva.

Así las cosas, allí estoy, con mis 9 añitos entrando a un nuevo grupo. Topo de miope miopía, me instalaron con lentes y todo en la primera fila, en la columna del centro. Como para no perderme ni medio detalle de lo que acontecía en el pizarrón. La fila de adelante, al centro, una de esas marcas que se te hacen identidad sin darte cuenta.

Aquellos años, la Fórmula 1 era algo de relativa importancia. Un par de años antes habíamos visto en El Gráfico las horripilantes fotografías de Nikki Lauda cual antorcha humana en su auto. No voy a googlearlo, digo Nikki Lauda y pienso en Le Mans. Así que a los efectos del recuerdo, vale. Aunque tal vez el circuito francès sea algo ligado a alguna hazaña del argentino Reutemann. Los porteños son de elegir sus políticos entre la gente que le maneja vehículos de motor grande y potente. Siempre fueron rápidos, los porteños.

Por esa época, la pepsi editó una colecciòn de cascos de los pilotos. Los dos nombrados, Nelson Piquet, Alain Prost, eran nuestros héroes. Uno destapaba la botella, y en el interior de la tapita (de chapa, os cors, que por algo se llamaba chapita) venía un plástico que sobre un fondo amarillo o azul traía un casco de Fórmula 1 impreso. Y abajo un nombre. Eso era realismo pre tv color. Los usábamos para jugar carreras, mire que nos divertìamos barato en mi generación.

Ni siquiera tengo una mentira decente al respecto, pudo ser mi entusiasmo por los autos, una transitoria bonanza en la economía familiar, o mi cara de fascinación en la papelería, vaya a saber qué fue lo que ocurrió, pero ese año, mi sacapuntas era un gigantesco casco azul de fórmula 1. Preciosa gema, que en mi primer día de clase en el grupo nuevo, pasó a presidir mi escritorio. Las aves pequeñas también desplegamos plumas para seducir, y más cuando sabemos que somos la nueva en el palomar.

Él, estaba en la segunda fila, en una de los extremos, tal como correspondía al estricto orden alfabético en que nos sentaban en la escuela y nos sentaron luego en el liceo. Seguramente en algún momento alcanzó a pispear la presencia reluciente del tesoro mayor en mi banca. 

Así que seguramente después de darle vueltas mentales al asunto, rojo cual manzana otoñal dentro de la túnica blanca el corbatín infame que nos hacían usar, lleno de audacia se puso de pie, y emprendió la marcha. Era marzo de 1981, la tarde era una promesa de sol brillante en las ventanas de aquel salón del segundo piso, y a sus diez pinos, él era un tigre de la malasia lanzado al abordaje.

La vida nos juntó ese día, hace casi 40 años. Compartimos horas de escuela, liceo, bailes, mate, bizcochos, alcoholes de toda calaña, caminatas, charlas, desencuentros y todo lo que la vida pueda traer consigo. Desde la postal de los dos quinceañeros sentados en el murallón de Colonia, bajo la luna, el día en que nadie nos avisó que el cumple de 15 al que íbamos se había suspendido por duelo, hasta el día en que le pedí que fuera padrino del mayor. 

No hay sopa que sepa tan bien como la que aún hace su madre, ni nunca merienda supo mejor que las que hacía la mía. Nada sonará tan bien como Parte de la religión o Mentiras Piadosas escuchados hasta el hartazgo en el Hitachi de su casa o el aiwa de mi apartamento de soltero. Abrimos juntos mil encomiendas, nos escuchamos en mil miserias, nos hemos reído por tres vidas, y seguimos haciéndolo. 

Forma con otro par de sabandijas de dudosísima moral, y peores vicios, un selecto de grupo de cuatro que cuando nos dirijimos al otro decimos “hermano”, o “hermanito”. Nos vemos poco, muchas veces ni siquiera vivimos en la misma ciudad, y casi cualquier excusa es buena para visitarnos. No puedo ni pensar en ir al pueblo sin visitar a su familia, que es también la mía. 

Pocas veces votamos lo mismo, y ni siquiera le gusta el fóbal, ceba los mejores mates del sur del ecuador… y puede hacer del silencio un arte, o ser un exquisito cazador de imágenes con su cámara de fotos. Es uno de esos regalos que te hace la vida, desde aquella tarde soleada del 81. 

¿Que cómo fue nuestro primer contacto? Mejor escuchar su versión:

“Ahí va el pelotudo éste y lo sientan en el medio de la fila de adelante. La joya abre la cartera, saca el cuaderno, la cartuchera, y un sacapuntas tremendo. Divino casco azul pone en medio de la banca. 

Yo lo miro, y lo miro. Al rato, después de tomar todo el coraje del mundo me levanto. “Voy a sacar punta” digo en voz alta pa que la maestra no me rete. Atravieso todo el salòn, y me paro delante de él con mi mejor sonrisa. Puro encanto.

  • Me prestás el sacapuntas, le digo. ¿Y qué me dice el sorete?
  • No. Y siguió escribiendo como si nada.
  • Así lo conocí al quía

No es linda la escuela?

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