Viciados de Nulidad
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Mi ciudad

Cuarentennial nos cuenta lo que viene a ser la ciudad. No cualquier city del globo, sino la suya. Y hasta dan ganas de irse a vivir al campo.

La ciudad es una forma de vida. Y la vida es una cuestión de escalas. En mi pueblo, la idea que teníamos era que vivíamos en una ciudad hecha y derecha, aun cuando el más mínimo paseo por Montevideo nos ubicaba en dos minutos en otra dimensión de ciudad. Mis primeras memorias montevideanas son aromas. En lugar de sonidos, registro aromas tan inconfundibles como el del escape de los leyland de plataforma, negro, espeso, pesado, y con el más rico olor a petróleo quemado que jamás el mundo haya podido respirar desde una altura de un metro.

Otro aroma, que hacía dura competencia era el del pan marsellés, calentito, recién salido del horno de la panadería de la cuadra de mis tíos. Un pan en el que la manteca se derretía suave, despidiendo ese particular olor a levadura y horno a leña que por un momento me permitía olvidar que técnicamente «no me gustaba el café con leche». Nada como esas meriendas viendo La pequeña Lulú en canal 5 y los Super amigos en el 12, o el 4, en plenas vacaciones de julio.

Claro que apenas un poco más grandes, volvieron a cambiarme la escala. Con cerca de 11 pinos fui con la familia a ver a los tíos que vivían en Buenos Aires. Tal era la emoción que despertaba aquel gigante, en 1983, con su democracia recién estrenada que hasta el viejo, adusto y serio como toda su vida, subió y bajó como tres veces seguidas a las escaleras mecánicas del subte. Como para convencerse de que eso existía y no era solo ciencia ficción de las series yankees

La ciudad es la infancia, y la adolescencia. Así con su escala de enana frente a Buenos Aires, esta Montevideo era «la» ciudad, cuando a los 15, escapaba con cualquier excusa de mi pueblo. Veníamos a ver rock a la muy fiel y reconquistadora. Los gurises de mi edad parecían salidos de las fotos de los diarios londinenses con sus gabardinas, sus vaqueros rotos y sus eternos championes topper.

Paseaban sus raros peinados nuevos, su gesto adusto -¿vieron que adusto tanto te describe un veterano tanguero como mi viejo, o un punkillo montevideano de alfiler de gancho en las orejas, labios pintados de negro y campera de jean con parche de los Exploited y su versión aldeana del No Future?-. Eran tiernos aquellos punkies de antes.

Yo los veía desde mis championes, mis vaqueros azules anchos, mi campera de cuero y mis eternas camisas a cuadros. El pelo ni largo ni corto, peinado siempre pal costado, como con una buena lamida de vaca de tambo, cosa de que todo el mundo supiera que uno era irremediablemente canario de afuera.

Las ciudades siguieron creciendo, agregando idiomas. Fueron postales de los viajes de amigos que la vida llevó a Frankfurt o Barcelona. Fueron abrazos enviados en misivas desde Montreal o Santiago. Fueron el impensado viaje a esa locura que es Sao Paulo, acá nomás, con su sotaque tan sencillo de seguir cuando uno se baja en Guarulhos y pide una coixinha y un café.

Fueron esa mezcla rara que va desde el litoral, con sus ramblas, sus estancieros y sus inundaciones, las vías abandonadas del tren, los silos donde en vez de trigo juntamos ratones, a las imágenes ultra clean que nos vende la New York de Sex and the city, o Friends.

Fueron, en libros, la París de Oliveira y la Maga, llena de jazz y cigarros, amores fugaces bajo la lluvia o la impensable Atenas en la que un grupo de ciudadanos inmortalizó a Sócrates forzándolo a tomar una copa de cicuta por reírse de los dioses y corromper a la juventud. Son la 33 baguala y bluesera de Espinosa, y la Mercedes dolida de hambre y dictadura de Juan Estevez.

La ciudad es ese lugar que se te mete bajo la piel, con sus sabores y olores, su ronroneo, sus conversaciones de pozo de aire de los edificios del centro, sus trabajos de oficina, sus nombres peculiares para todo lo que no sea asfalto. La ciudad es el sitio en que vivo, ese lugar que nos reúne, y sí, más de una vez, nos tranforma en viciosos, o mejor dicho, en viciados.

Cuarentennial

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