Viciados de Nulidad
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Niño viejo

El día del niño es motivo de festejos, regalos, recuerdos y confesiones. El más vicioso de los viciados confiesa su adicción a las picadas en cada esquina, en pleno tránsito montevideano.

Quiero aprovechar esta jornada del Día del Niño, para confesar algo: una de mis múltiples personalidades es la de un niño. Más precisamente, uno que ronda los siete u ocho años de edad. Porque todos en mayor o menor medida tenemos varias máscaras sociales, que nos vuelven más amables, menos fraternos o inclusive más audaces, según convenga a la ocasión. Pero ese niño que fui, en varios momentos del día aparece y en secreto le dejo que haga lo que le plazca.

En líneas generales, la vida lo impulsa a uno a cumplir con las responsabilidades, los plazos y las deudas. Hasta que el niño pide un poco de diversión. Porque, pobre, también hay que dejarlo que tenga su momento de alegría.

No voy a entrar en muchos detalles, porque el objetivo no es dejarlo en evidencia, sino más bien lo contrario; preservarlo de los dedos frustrados y acusadores que pululan en por la ciudad, apuntado contra lo que está bien y lo que está mal. Y los niños siempre (Incluso los que fuimos y siguen dentro de nosotros) deben ser protegidos lo mejor posible de ese mundo hostil de la adultez.

Así que, para que no sepan todas las veces que mi niño del pasado me tira la manga pidiendo un poco de atención, solo voy a contar de un juego que tenemos en secreto: competir contra el resto de los transeúntes que tienen que cruzar una esquina con semáforo, a ver quien llega primero.

El divertimento es simple: el semáforo está en rojo. Todos estamos parados como autos Fórmula 1, a la espera de una luz verde que nos indique la largada. Y cuando eso ocurre, salir disparado como si uno fuera el protagonista y el auto de cualquier parte de la saga de Rápido y Furioso. Con la salvedad de que Vin Diesel es mi niño del pasado y su auto es mi corporalidad presente, cansada y sin ejercicio físico.

No es que esto pase todo el tiempo, pero las calles del centro en hora pico son las más atractivas, porque todos corren apurados por llegar a los lugares que el mundo adulto impone. Y ahí si que se presta para las picadas.

Las reglas son:

  • No se puede arrancar antes que de la verde, por más que no pasen autos.
  • Quién arranca antes queda descalificado. Incluso uno mismo.
  • La línea de meta consiste en ver quien apoya el primer pie en la vereda opuesta.
  • No se puede correr. Si los demás corren es válido (por aquello del azar, el destino ingobernable o del libre albedrío), pero no para uno mismo.

Con estas condiciones, debo confesar que casi todas las veces que jugamos salimos ganadores, mi niño del pasado y yo. Somos expertos, desde como ubicarnos en la pole position mientras se espera el cambio de luz, hasta como aventajar a los jóvenes más veloces.

Pero como todo campeón, siempre hay una tarde oscura, esa que el fracaso nos lleva a lo más hondo y nos permite encontrar un baño de humildad. Fue la tarde que decidí competir contra el viejo más lento del mundo.

Mi niño del pasado quizo jugar y yo, adulto-que-se-las-sabe-todas, quizo complicarla. Propuse el cambio de reglas y que esta vez, en lugar de llegar primeros, deberíamos salir últimos. Una variante, relativamente fácil en los papeles. El niño aceptó mientras que el semáforo iluminaba con un sol rojo de furia estival. Montevideo era una fiesta.

Pero no contábamos con que a la izquierda nuestra, justo cuando el cambio de reglas ya estaba acordado, se estaba ubicando en la línea de largada, un anciano con ganas de competir fuerte.

De golpe la luz cambio a amarillo. Había mucha ansiedad por cruzar de parte de un muchacho con tabla de dibujo y una mujer uniformada de secretaria en una multinacional. Para una competición normal eran preciosos rivales. Pero la situación se torcería en nuestra contra.

Nuestro rival directo estaba parado con las manos en los bolsillos y actitud expectante frente a la inminente salida. Miró el reloj, un poco impaciente, lo que me llevó a pensar que saldría con cierta velocidad. La amarilla se puso frente a nosotros y el joven de la tabla salió como espantado por tanta pasividad. Ya había quedado descalificado de todo.

Decidí estudiar al rival y de paso, darle cierto aire a su salida para no tener que quedar como un imbecil caminando lento. Porque ni al niño ni al adulto nos gustaba quedar pegados. Entonces, el adulto resolvió escarbar el fondo de la mochila, buscando cosas innecesarias dandole ventaja al rival.

Pero el rival se dispuso a complicar fuerte las cosas. Cuando la luz verde dio el pistoletazo de salida, el hombre dio un paso. Tan parsimonioso, que una cachila destartalada se moriría envidia. Empezó a bambolearse de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Y cada paso sacaba un suplicio o un suspiro de aquel cuerpo.

Había que largar. No se podía estirar más aquello. En tres pasos se lo podía pasar. Pero claro, siempre aparece la picardía del jugador experimentado: una simulación de un mal paso que tuerce un pie. Cualquiera que vea un partido de fútbol promedio, sabe que un poco de dolor fingido enfría la contienda.

Pero el rival era de nivel. Cuando cruzó las líneas amarillas de la mitad de la avenida, empezó de golpe a enlentecer el paso. Aquel rival o bien era muy experimentado o estaba a minutos de irse a cuarteles de invierno en forma definitiva.

Entonces el semáforo dio la luz amarilla. Y si bien un peatón ansioso es complicado, un taximetrista ansioso es un peligro. El tachero soltó el freno y el auto dio un pasito para atrás. Pero el viejo mantuvo la calma de hombre sabedor.

No me quedó más remedio que apurar. Con lentitud, claro. Pero apurar al fin. Mientras el veterano bamboleó un poco más su cuerpo batiente. El taxista aceleró y le hizo un finito tan imprudente, que si no fuera que acababa de perder, me hubiera indignado. Pero el hombre no solo no se molestó sino que encima, parecía divertirse con la puteada que el tachero le regaló al pasar.

Me miró, sonrió y giró 90 grados rumbo al sur. Yo seguí de largo, con el orgullo de campeón herido sabiendo que se perdió la corona frente a un rival contra el que nunca más habrá revancha. Pero tanto el hombre como el niño supieron que el diablo sabe por diablo pero más sabe por niño viejo.

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