Viciados de Nulidad
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Parte de la religión

Una caminata invernal, una esquina como hay tantas. Un puñado de gloria latiendo en el homenaje anónimo, popular y callejero. 1891 late en amarillo y negro, y si no lo sentís, no lo entendés

La agenda laboral me saca de casa temprano en la tarde, en pleno agosto. El sol invita, así que transformo el camino al laburo en un precioso paseo por la vereda del sol, como gustaba decir don Hugo Alfaro. Los auriculares vibran con una mezcla oscura y distorsionada, la caminata soleada y con el frío cortando mi nariz desnuda, podría ser por la Dublin que jamás visitamos a fines de los 80

Entro en Nueva Palmira y dejo que la torre de Antel sea mi faro y mi norte. La espina de cristal, clavada de apuro en suelo montevideano, resulta visible desde toda la ciudad. Una cuadrilla municipal repone árboles en la vereda norte plantando en un compost negro, intensamente perfumado, que inunda la cuadra, dándole un aire de caminata de campo al rincón más anónimo de la city. 

Asfalto en los pies, tierra húmeda y fértil en las narinas, guitarras afiladas en las orejas, sol en la frente y una brisa suave y cortante tallándome la cara mientras camino, más no se puede pedir. ¿O sí?

En la esquina de Duvimioso Terra, un altar urbano se recorta de la nada, emergiendo de una pared que relata sin palabras el sentir de la mitad más uno. Sobre la derecha un cartel que juega con apodos y números de camiseta, dice T8ny sobre la imagen icónica del volante más lento y lagunero que jamás tuvo el manya. Ese capaz de filtrar pases filosos en medio de cualquier defensa cerrada, o de abrir arcos acariciando con el empeine esos tiros libre suyos que encuentran el ángulo del arco con la misma facilidad con la que un cabildante te pide mano dura frente a los policiales de canal 4.

Abajo, en el lugar en que la pared aurinegra se reúne con la vereda, el número mágico, la clave que todo historiador reconoce, y que el pueblo siente, aunque ellos no lo entiendan: 1891 es tan inapelable como la corrida de Ghiggia dejando a Bigode como un poste, o el zapatazo de Schiaffino para el gol del empate. Porque si hay épica, hay un manya en la vuelta. Sabelo millenial querido, los colores del ferrocarril han sido la locomotora de los sueños más lindos del mundo del fóbal.

Sobre la esquina misma, con el torso enhiesto y la cabeza erguida, desafiante y serena a la vez, Obdulio manda a parar de lejos. Tan fuerte es la impresión en el imaginario colectivo, que cualquier uruguayo sabe, sin necesidad de palabra alguna que ese es el dueño de Maracaná. El mismo que a la vuelta del mundial del 54, consultado sobre si se sentían cumplidos con el cuarto puesto, se despachó con un aforismo que ni Nietszche: “cumplidos, campeones”. Otras épocas. no olvidar que hasta ese 1954, la celeste había jugado solo dos mundiales… y los había ganado.

Contemplé la esquina, con atención de etnógrafo sin estrenar. Los trazos simples, el dibujo navegando a media agua entre la caricatura y la esfinge, símbolo de trazo firme, hecho para ser reconocido. Me pregunté qué hacía que convivieran un campeón del mundo con un apenas finalista nominal de una libertadores. La distancia es tan grande como la que separa la forma de sentir el fóbal de quien pregunta “cuando juega el bolso” y los que preguntamos “cuándo jugamos”.

El Tony es la parábola de la fidelidad a los colores, a la mística, a la camiseta. Una fidelidad ingenua que con una docilidad dolorosa acepta la humillación de ser despedido sin miramientos y vuelve con una sonrisa cuando un par de años después la misma directiva se ve obligada a traerlo. 

Esa fidelidad que hace que la hinchada más fiel del mundo lo sienta como uno de ellos, algo que va mucho más allá de ser un jugador del club. El Tony es Ulises volviendo a Ítaca y es el último mohicano, y el hincha se lo reconoce desde el gesto anónimo que lo dibuja sonriente, al lado del gran capitán, y coronando la cifra del mítico nacimiento de la camiseta más linda. 

Saqué dos fotos, comprobé la hora y seguí la marcha tranquilo, mientras desde finales de los 70 Patti Smith aullaba en mis oídos que la noche pertenece a los amantes. Hay amores que matan, amores que no mueren, y amores que resucitan en cada 28 de setiembre, eternos como el tiempo. Hay camisetas que no se arrojan a la tribuna, ni en medio del dolor más grande, porque son una segunda piel. Y eso flota en ese delicado templo urbano, escondido en una esquina abierta solo a quienes caminan la ciudad, legos del recorrido de los ómnibus.

Mientras retomo la marcha, de reojo, casi como una mancha mínima y sonriente, apenas percibì la imagen del chiquito Mazurkiewicz, que vestido de negro me hacía un gesto con la mano, como diciendo, “siga tranquilo vecino, que acá está uno de los goleros más grandes de todos los tiempos, dispuesto a atajarle cuanta tristeza nos tiren esos bolsos pillos” 

Cabeceé levemente, en una reverencia mínima, sonreí para mí y continué la marcha. La tarde invita, y el laburo no puede esperar. 

Cuarentennial

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