Viciados de Nulidad
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Pater Noster

Un recuerdo que nos lleva a 1994, el salón de actos de un liceo y una obra de Jacobo Langsner.

La memoria tiene resortes insospechados. Tome como ejemplo, un recuerdo suyo de niño. Elija uno de esos que le marcaron el rumbo de su vida, uno que le llenó de felicidad, o simplemente, el más antiguo que tenga a mano. Sáquelo a pasear un ratito antes de seguir estas líneas. O mejor aún: si no lo hizo ya, espere a que termine de leer y juegue consigo mismo.

Le voy a invitar a circular por uno de mis recuerdos. En este caso, de adolescente. Más en concreto, le voy a llevar a una tarde de junio de 1994 en el Liceo 23 de Sayago. Quizás para ese entonces, usted ya estaría peinando canas o, por el contrario, ese año usted daba su primer paso. Vaya uno a saber. Misterios que tiene de la escritura, que uno le habla a quien no ve ni conoce, pero le cuenta cosas en confianza.

Lo cierto es que hoy, oficiaré de Virgilio en el paraíso de mis recuerdos gratos. Ahora mismo lo invito a que vayamos juntos al salón de actos de aquel liceo. Pase. Vea el piso. Unas baldosas blancas y negras, como un damero. Un salón más ancho que largo. Vacío y con unas sillas apiladas al costado. Nosotros nos vamos a ubicar en un rincón. En el sitio donde la claraboya no ilumina. Son pasadas las 15 horas y el sol ya está rumbeando para el oeste. Quizás le parezcan todas cuestiones sin sentido. Pero ya verá en breve, por qué le cuento esto.

¿Escucha eso? Murmullos lejanos… Voces. Son los estudiantes que hoy tienen una clase especial. Si, en el salón de actos. Es que, no sé si se fijó que en ángulo diametralmente opuesto al nuestro, hay una mochila y un biombo. La dejaron ahí unos actores. Tres en concreto. Hoy se presentan los de “Teatro en el Aula”. Son actores bancados por la Intendencia de Montevideo, que recorren los liceos y van haciendo obras para complementar la labor de los profesores de literatura. Al mismo tiempo, regalan un poco de teatro a quienes quizás, de otra forma no conocerían este arte.

Cuestión que ahí están, llegando. Entran, se sientan en el piso. Forman un semicírculo alrededor de una mesa robusta. Y o casualidad, ese semicírculo queda delimitado por la luz solar: en las sombras del salón, los estudiantes. En la luz, que entra oblicua y da contra la mesa y la pared del fondo, el escenario improvisado. No bastará más que eso. La mesa, el biombo, la mochila y la luz de sol que entra como si fuera un foco inmenso.

Aparecen los actores. Dos hombres y una mujer. Saludan. Se presentan, dicen el nombre de la obra y se van al costado, detrás del biombo. ¿Ve a aquel botija de pelo corte hongo (era lo que se llevaba) y pocitos en los cachetes en la tercera fila? Era yo.

Entran dos de los actores. Eran un matrimonio tradicional. Dos veteranos con unos modales impresionantes. Y suena la puerta. Era el joven que venía a alquilar una pieza de la casa de esta simpática pareja. El joven, un tanto osco, termina accediendo al precio y se instala en la casa.

No le voy a contar la obra. Solo hacerle un resumen, para no hacerle lo que ahora conocemos como “spoiler”, pero que en aquel 1994 se llamaba “cagar el final”. El joven que alquila la casa, se va poniendo cada vez más espeso y empieza a complicarles la vida a la pareja de veteranos, que pobres, se sienten acosados por el rebelde que no cesa de hostigarlos. Si fuera una noticia sensacionalista, se podría perfectamente decir que “el final te sorprenderá”.

En efecto. El final es realmente impactante. La obra se llama Pater Noster y su autor, Jacobo Langster y en 1994, cumplía 22 años de estrenada. Lamentablemente, la obra no es muy conocida. Pero lo que vemos usted y yo, ubicados en el extremo más oscuro del salón de actos del Liceo 23, es una pieza de humor negro, bastante fuerte, por momentos opresiva y con el final más impactante.

Un momento donde toda la gracia se va y nos desnuda una verdad dura como una piña en la cara. Y si bien, de este dramaturgo recordamos la genial y desopilante Esperando la carroza, tenga seguro que usted saldrá con la sensación de haber vivido una experiencia distinta. O, al menos, lo fue para este estudiante de liceo.

Saldremos de este salón detrás de los alumnos primero y los actores después. Miraremos el damero vacío y la mesa desnuda, esa que no muchos minutos atrás, hacía carne una metáfora de la sociedad enferma de odio y destrucción. Una historia por todos conocida, pero nunca vista desde una perspectiva tan impactante y reveladora.

Cerramos la puerta. Dejamos atrás el barrio Sayago, el 94 y a Pater Noster. Nos vamos con la necesidad de volver a verla de vez en cuando, en ese salón, con esos actores y en ese año, para volver al lugar en donde se vivió una experiencia que marcó un antes y un después en la forma de ver y comprender el arte. Un rato de aproximadamente una hora, que casi por casualidad significó un antes y un después.

1 comentario

  • Formidable. También a mí me devolviste un recuerdo, que se había extraviado. Y la magia del arte haciendo vivir experiencias inolvidables y decisivas. Muchas gracias

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