Viciados de Nulidad
Rostro de hombre joven iluminado desde la derecha y en sombras

Sin voz

Algunos silencios pueden ir más allá. Como una maldición

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO

Extracto de “El silencio” de Edgar Poe

El silencio nunca es neutro, denuncia. Se opone siempre. Puede ser un “no”, o puede ser un “si”. Jamás hay medias tintas con el silencio, eso es su cualidad maravillosa y a la vez terrorífica. Puede ser contemplado desde el suplicio, la sumisión y el afán por acercarse más a Dios negando la voz, como algunos monjes o católicos de fervor, o también puede ser símbolo de la resistencia, de negarse, de decir no al poder del otro: morir antes de abrir la boca, quedarse en silencio cuando lo más lógico sería gritar de rabia o confesar. Es una virtud extraña la del silencio. El silencio puede puede disfrazar a un imbécil de sabio o convertir a un sabio en imbécil.

Por lo pronto nunca comprendí la marcha del silencio. Desde pequeño (hoy soy más viejo, pero lamentablemente no más sabio) y ajeno a los acontecimientos sucedidos en la última dictadura de Estado uruguayo, la marcha me parecía patética, injusta para los muertos, e incluso cobarde. ¿Por qué nadie gritaba? ¿Por qué nadie levantaba el puño y lanzaba bombas molotov a los cuarteles?

Pero ya soy viejo, camino apabullado el día a día, entre miles de reivindicaciones de altísimo volumen, de dientes apretados, de gritos de gol, de cantos de tribunas, de escraches patéticos todos, de gemidos falsos en pornografía, de falsos halagos, de gritos de dolor y rabia. En fin, toda esa sinfonía de la desesperación humana que morirá más pronto que tarde que nos aturde cada segundo de nuestra vigilia.

De repente comprendí, como ese desgraciado asustado en el cuento de Poe, en ese lugar que está detrás de la comprensión: frente a tanto vómito de odio no queda más que el silencio. Así de simple. De las locuras de Wagner al 4’33 de John Cage. Por un rato todos somos en el silencio. Y ahí, entre cuerpos sin voz, entre carteles y suspiros, nos sentimos raros, sentimos como que algo no está bien en esa marcha, como que algo está fuera de lugar en esa procesión, como que algo falta. Y si, el silencio nos da la respuesta: algo no está bien, algo está fuera de lugar, algo falta.

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