Viciados de Nulidad
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(Te contaré una historia) amarga o más

Lo personal es polìtico, aprendimos hace ya unas cuantas décadas. Lo público también. Cuando lo público se hace turbio, lo personal se ensucia, y lo político corre el riesgo de prenderse fuego. Un intento esdrújulo de pensar, en medio de mil dolores.

El pasado fin de semana, quienes accedemos a redes sociales, nos desayunamos con una taza de hiel. Un periodista denunciaba que hace tiempo y allá lejos, el compositor, músico, poeta y conductor radial Daniel Viglietti, había abusado sexualmente de una niña. Dice la denuncia mediática que la guitarra de la más combativa izquierda uruguaya tenía 27, y ella, diez.

Como cada vez que se suelta una bomba en redes, las redes respondieron haciendo lo que mejor saben hacer: estallar en mil fragmentos. Se vió y se oyó de todo. Desde la derecha rancia y vigilante denunciando al músico muerto hace tres años, hasta las feministas (de barricada muchas, serias y creíbles otras, de ocasión unas cuantas) recitando el mantra “yo te creo”.

Algunas voces de la izquierda (de barricada, seria y de ocasión, que los colectivos suelen tener puntos de contacto) soltaron sus ráfagas de munición dura y convencida “esto es todo una operación, se acusa a un muerto y se le acusa sin pruebas”. Mire si un tipo bueno y decente como Daniel, el eterno profeta del hombre nuevo, iba a andar ensuciando sus manos y su reputación en tamaña canallada.

A la orgía no faltó nada, ni la sobrina que dice que siempre supo y nunca dijo, y que no dará nombres pero todo es cierto, hasta la hermana que después de tres días soltó un lacónico “no se corresponde con la realidad”

Ahí quedamos. Como quien va y agarra un carbón del fuego, quemados unos, enchastrados todos. 

Para el militante promedio de la izquierda criolla resulta una montaña rusa emocional de encontrar que el cantor que acompaña el mate mañanero, el mismo que ayudó a despertar conciencias a puro verso y arpegio era un abusador de menores. Intenta largar en letra sobre papel dos reflexiones y le salen flexiones, como quien inclina el cogote a tontas y a locas frente a un altar en que habitan dos dioses. 

Tanteando a oscuras, como criollo sin candil, reverencia una vez el “te creo hermana”, que exige volverse un acto de fe y que -respetuoso y callado- acredite lo que dice toda víctima, asintiendo de esa manera todo el relato basado en que «si existe, es verdad«. Asumiendo, de paso, en acto que cualquier pregunta o interrogación hecha -aunque sea mentalmente- no es más que una duda igual de estuprante que una mano lasciva. Lo bueno de las certezas es eso: dan certeza.

Pero, zurdo viejo, habitado por la sospecha de que algo huele mal en Dinamarca y peor en el gris Uruguay versión 2020, el militante le hace los cálculos, le reúne la operación océano y todos los formalizados en arrestos domiciliarios, el ataque sistemático a los valores y figuras de la izquierda, le baja por Ruffini tres consignas y queda claro como agua de pozo. Acá hay tongo, se dice a sí mismo, bien bajito, no sea que la china escuche y lo mande a dormir solito y en el sofá, macho cabrío inmundo.

Un amigo, músico y sarcástico como pocos, comenta en un grupo de whatsapp que izquierda y derecha, frente al caso, son categorías de análisis tan valiosas y refinadas como peñarol – nacional. Tiene razón el hombre, en este caso.

Es que la bastardización de lo político, y la política, la impunidad para decir cualquier dislate en redes, y para negar con cara de póker cualquier barbaridad probada y archiprobada, nos han acostumbrado a que los bandos se alinean apenas pica la pelota en el césped, y ya todos saben qué argumentos valen en cada ocasión.

Y así, sin querer, muchos vaciamos la política, le quitamos lo que de político tiene, abriendo cancha a los relatos que gritan que “son todos iguales” y al primer descuido piden con gesto de indignación bíblica “que se vayan todos”.

Si algo aprendimos en el último siglo, es que cuando de la polìtica se va lo político, la reflexión sobre la vida en comunidad, la búsqueda de normas de convivencia que no pierdan de vista el bien común, lo que se nos va es lo humano; y en asuntos de poder cuando no hay humanidad queda el campo abierto para que cualquier gorila haga pata ancha. 

Y eso es mucho más serio que toda discusiòn sobre si creer o no creer a quien dice que le dijeron que, o reverenciar el altar donde un músico sonríe sombrero en mano; porque creer y reverenciar es algo que se hace en los altares, frente a los ídolos. Y desde el profeta Daniel (las coincidencias siempre tienen un costado ominoso), sabemos que los ídolos, muchas veces, tienen los pies de barro.

Edh Rodríguez

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