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Tremendo rocanrol!

Cuando tenés más de treinta años de rocanrol encima, casi sin darte cuenta pasás de ser el que pregunta por todo, a ser el vejete que se supone tiene alguna respuesta. Cuarentennial te lo cuenta ahora que los Buitres festejan sus 30 añitos

Montevideo, Velódromo, 2014:

-Pa, ¿cómo dice? “malditos tus ojos, me tienen condenado el corazón, recuerdo de tu luz”?

-“al fuego de tu luz”, respondo

– ahhh… Pero, entonces… es una canción de amor. Yo pensé que era tremendo rocanrol!!!

Montevideo, Explanada de la Universidad, 1991.

-bo, ¿quiénes son estos?

-Se llaman Buitres después de la una

– ahh

– Eran Los Estómagos, antes.

– Paaahhh, Losestómagos!!!!

El que pregunta en 2014 es tu hijo, tiene 12, y está viendo a los buitres por primera vez. Los escucha como parte de la banda de sonido de su casa desde siempre. Vienen en el mismo frasco de caramelos que los Ramones, el Cuarteto, los Beatles y Zitarrosa. Más montevideano no puede ser el gurí.

El que responde, es un cuarentennial. Curtido a años de uruguayez, lo está llevando a ver a buitres como una especie de premio consuelo por no poder llevarlo a ver a Paul Mc Cartney que toca unos días después.

El que preguntaba en el 91, con la misma inocencia que el purrete de 12, era este cuarentennial a sus 18 o 19. Los buitres estaban ahí tocando en el cierre de una de esas marchas por presupuesto que serán parte de su formación cívica.

Aquella noche del 91, ávido de rock me dispuse a escuchar algo del repertorio que nunca había visto en vivo (entre los inconvenientes que tenía ser canario de afuera en la década del 80, uno muy principal era que te perdías mucho de lo que pasaba, porque en los 80, Montevideo quedaba lejos, muy lejos).

Para mi sorpresa, no hubo nada de gótico, ni de punk ni cosa parecida. Los cuatro tipos (Lasso, Rambao, Parodi, Peluffo) se despacharon con una aplanadora de rock and roll de los 50, un tango distorsionado (La plegaria del cuchillo) y un tema que sonaba a todo lo que es bueno en la vida, tres acordes, distorsión, y armónica en una canción a dos voces con una que repetía “no, no te puedo matar”, como un mantra.

Los 90 eran años un tanto crudos en montevideo, el frío calaba los huesos en los inviernos, cerraban fábricas a montones, porque todo venía más barato de Brasil y Argentina (ese invento del Mercosur, viste millenial?). La gente mascaba bronca, los recitales de rock seguían siendo un ritual que incluía cacheos, gases y alguna corrida con la policía, cuando no algún palo en el lomo.

Ahi andaban los buitres, llenando nuestras orejas, explotando en el 93 cuando Maraviya los hizo definitivamente masivos, a hombros de canciones como Malditos tus ojos, Ojos rojos o Lucas Terry. Una tropa de aspirantes a hombre íbamos a verlos a cada sitio posible (desde el Zorba de Solymar a la Estación de Las Piedras). Los bailábamos como si fuera el último pogo del mundo en los bailes de ciertas facultades. También hacíamos idioteces imperdonables como putear militantemente al Turco Nasser en cada toque de Niquel, básicamente porque era exitoso y no vestía de negro.

Éramos gente de criterio amplio y convicciones firmes, como correspondía a guachos criados bajo la bota de los milicos y las macanas de nuestros primeros gobiernos democráticos, de los cuales no voy a contarte nada, porque se me politiza la crónica, y no es la idea.

Los Buitres eran un montón de distorsión, eran los Ramones cantando tangos de Goyeneche, eran la melancolía filtrada por el fender a válvula de la guitarra de Parodi. Eran la fiesta, el canto en los fogones, y hasta eran una buena forma de conseguir ciertas chicas, sobre todo aquellas que ganaban al pool y guardaban cigarros en el bolsillo de atrás, como cantaba Jaime.

Después, purrete, qué importa del después, al cambiar el milenio todo el mundo descubrió el rock uruguayo, le llamó rock a cosas que incluían coritos de murga y trompetas cada dos compases, llenó festivales, agitó agites varios, se fue a colonizar Durazno, y todo ese etcétera. Los buitres seguían ahí, soltando un disco cada tanto, grabando sus recitales de fechas redondas y juntando sin querer, en el gusto por el rock amilongado y polentoso a muchos de nosotros con nuestros hijos.

Nosotros nos fuimos metiendo en mil cosas, criar hijos, laburar en tres lugares a la vez, enterrar a los viejos, y esas cosas que le pasan a la gente después de los 30. La vida misma, viste.

Y parte de la vida misma es arrancar un día pal velódromo con el purrete de 12, a ver a buitres que cumple 25. Ver al tipo chico llagarse las manos aplaudiendo, o preguntando cosas gloriosas. Días después, los astros se alinearon y arrancamos juntos al estadio. El borrego vio a Sir Paul, como corresponde.

En una de esas, quien te dice, el purrete a sus casi 17 te invite a ver buitres treinta años, y cantemos juntos un tremendo rocanrol.

Cuarentennial

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