Viciados de Nulidad
Inicio » Humor » Un mate y un cigarro

Un mate y un cigarro

Cuarentennial encuentra las claves para acompañar el tránsito por las puntas de la vida. Una crónica de amistades y saber estar ahí, donde las palabras sobran

Hace un par de décadas, cuando vos ni proyecto eras, millenial, un amigo me llamó al teléfono de casa. No vas a creer, pero los teléfonos eran unos aparatos grandes, con botones, un cable de rulo y otro que quedaba enchufado ahí en la pared, en el mismo lugar donde ahora sale la fibra óptica.

Era el Pablo, un amigo de esos que por un tiempo son amigos y después se transforman en hermanos que se han ido eligiendo y que están siempre, aunque no los veas nunca. Estaba con su compañera, asistiendo a lo que sería el nacimiento de su primer hija. Una millennial como vos, criada por estos cuarentennials que porfiamos en contarte la vida a cada rato.

“Estoy acá -dijo- ya va a nacer”

“Bien” -respondí quitándome una lagaña a las 7 y media de la mañana- voy, decime dónde estás”

“Acá, estoy acá”

En aquellos años sin google maps, “acá” era el equivalente a “en ningún lugar, o en la mismísima loma del quinto quinoto, así que insistí unas tres veces hasta que el tipo, hecho un manojo de expectativas y nervios me pasó un nombre de mutualista y yo supe dónde buscarles.

Inicié un ritual desconocido (acompañar a un amigo en el trance más bello de su vida) pero intuido en cada paso.  Puse a hervir una caldera de agua, fui a lavarme la cara y hacer como que me peinaba, volví y llené un termo, mientras armaba un mate y guardaba un poco de yerba en un frasco de vidrio, y metía todo en la matera.

Sólo para que te ubiques en cuántos años son dos décadas, purrete de mi corazón, te tiro una: los termos eran de plástico por fuera, y por dentro de una delicada capa de cristal. Había todo un arte en llenarlo y dejarlo sin aire para que no estallaran aquellos termos del demonio, y otro arte delicado en cebar sin que te saltara agua hirviendo desde el pequeño orificio por el que el aire entraba al termo al cebar. Ni quieras saber lo que era una quemadura de esas ahí en la zona donde el pulgar se junta con el índice.

Bajé tres pisos por escalera (el BHU ya tenía esas mañas de hacer todo de tres pisos, para no gastar en ascensores) y me fui al kiosko. Un paquete de cigarros completó mi equipaje para asistir el parto, y sobre todo, al padre en ciernes.

La gurisita nació bien, preciosa, y hoy es una mujer de veintipoco, inteligente y vivaz como pocas. El Pablo suele recordar que cuando ella iba a nacer, su amigo cayó temprano con el mate y los puchos, como debe ser.

Pasaron un montón de años, los termos son de metal, los celulares 5G ya están entre nosotros -de paso te informo, querido, somos el tercer país del mundo en entrar al 5G y la internet de las cosas, pero esa es otra historia-, los cigarros son casi una mala palabra, y al mate lo tomo con yerba que trae yuyos y jengibre. Que el estómago ya no está pa bancar cualquier acidez.

Hace unos días me tocó, esta vez en plena noche, arrancar para un velorio. Puta madre, son tristes los velorios, uno no los tolera si no es con una buena dosis de humor -negro la mayor parte del tiempo- y por supuesto sin la dupla que ya sabrás que llega. Un mate y un cigarro.

Cualquiera de los dos son el mejor compendio de la práctica poco sana y nada recomendable, queman los tejidos, circulan de boca en boca, no alimentan el cuerpo, y te dejan en un cierto estado alterado. Entre despierto y nervioso. Pasado de rosca, ponele.

La rueda de cualquier velorio es un cúmulo de conversaciones que no van a ningún lugar, y que hacen todas las cabriolas del mundo para no nombrar a la nunca ausente. La muerte, esa vieja, puta y fría que nos lleva sin avisar, a la que el Sabalero sabía nombrar con la carga de bronca necesaria como pa espantarla un rato.

Se conversa del muerto, se celebran sus logros, se exaltan sus valores, se intercambian anécdotas, si pueden ser más o menos graciosas, mejor. Y se habla, o mejor aún se escucha, a los dolientes más cercanos. Esos que en un rato van a volver a una casa habitada de un vacío grande como una vida que ya no está.

Ese tránsito por las madrugadas, sobre todo si encima se le ocurre llover, se hace a medias tolerable con un mate que circula, y una mano que sin decir palabra te extiende un paquete de cigarros y te ofrece fuego.

Creeme, esos dos amigos poco recomendables son los mejores compañeros que tenemos por estas tierras cuando de acompañar los extremos de la vida se trata.

Cuarentennial

comentarios

Seguinos en redes

¿Qué te cuesta?
Para vos es un click y a nosotros nos ayudas a crecer.

Nuestro Instagram

Archivos