Cruzar el umbral

Café y Bar Los Amigos. Ese es el nombre del boliche de la vuelta de casa. Yo no sé bien en qué momento abrió, pero en mi vida es algo tan propio como la casa que heredé o el riñón que me falta: son parte de mi identidad. 

Dentro de mis primeros recuerdos de niño está mi padre en el bar hablando con sus amigos. Veo también a mi madre, que lo iba a buscar como a un hijo díscolo. El más grande. Y a mi padre, en el fondo, le gustaba. Era el único de los parroquianos que tenía familia. El resto, apenas si tenía un hijo perdido o alejado. Lo más cercano a una familia, era una mascota. Pero el Cacho, como le decían a mi viejo, era distinto. Había logrado congeniar lo que nadie pudo. Es que él no era como el resto. Ni iba al bar para conseguir amigos o para mamarse hasta las patas. Él quería otra cosa distinta: quería vivir lo que no había podido de joven. Era raro. Se recibió de docente y hasta llegó a ser un profesor con buena reputación. Pero en la dictadura, los verdes lo echaron y durante muchos años le costó poder volver al aula. Tanto, que su regreso fue como ver a un pájaro con el ala rota, que canta con una voz apagada por el recuerdo de un pasado mejor. Según me contó una vez, cuando lo sacaron del liceo, encontró en el bar un lugar donde ejercer la verdadera docencia. Todos hablaban de las bondades del Cacho como un hombre generoso, un buen padre de familia y sus clases doctorales de historia. Lo contrario a lo que decían de él en el liceo. Y cuando el Cacho murió, fue de las pocas veces en la vida que vi ese bar con las persianas bajas todo el día. Antonio, el dueño puso un cartel que decía “Falleció el Cacho. Cerrado por duelo”. Luego de eso, tres veces más lo vi cerrado así. Después, un relojito.

El Cacho decidió acompañarme en mi yo adolescente en el tránsito para que me hiciera hombre. Parte de ese proceso, se dio en el bar. Las charlas largas, los reproches, las dudas, las confidencias, todo se dio en ese recinto. Y claro, sin darme cuenta pasé a ser El Cachito. Fueron tantos años entre las mesas de cármica y las campanadas de los vasos, que ya tengo más vida dentro de esas paredes que fuera de ellas. Vi gente llegar por primera vez y me reflejé en ellos. Vi gente irse con los pies para delante, incluso de la forma más literal del término. Vi parejas formarse y también las vi romperse. Vi amigos arreglando el mundo, que de hecho, esa siempre es la mejor forma de la amistad. Pero también vi la soledad en el rostro de gente que daría lo que fuera por tener a la peor de las compañías. Vi el olvido de los seres queridos. Vi la ausencia de consuelo. Y vi la agonía en vida de personas que lo único que esperan es que una enfermedad o el destino se los lleve, porque no tienen el coraje para matarse. Y claro, también vi goles. Muchos goles. Porque qué mejor lugar que un bar para liberar las pasiones más grandes.

Ya pisando los 50 sigo siendo parte del Café y Bar Los Amigos. Antonio sigue siendo el dueño, a pesar de sus casi 80 años. Apenas se le nota una renguera leve en la pierna derecha y cuando se ven las fotos que tiene colgadas en un rincón detrás del mostrador, se nota que el tiempo le jugó a su favor. Mantiene su mirada enérgica, su palabra certera como un puñal y el gallego de su Vigo natal al hablar. También los parroquianos son casi siempre los mismos. Algunos están todos días, casi tanto como yo. Otros vienen algunas veces a la semana. Otros, son como estrellas fugaces que pasan en medio de esa constelación humana. Y a todos ya les conocemos las mañas, las manías, o incluso los cambios de humores.  

El bar es un espacio liberado. Dentro de esas paredes, el tiempo y la vida entran en una nueva dimensión. Un limbo donde los momentos no se miden en minutos, sino en intensidad. Cruzar el umbral es entrar a un mundo dentro del Mundo. Mientras tanto, como un Virgilio que le pide a Caronte que deje pasar Dante burlando las reglas, te invito a que entremos a este territorio de historias. Ah, una cosa más que me olvidé de decirte: yo soy el mozo. 

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