La vida que no fue

Antonio abrió la puerta del bar, como cada mañana. Él ya sabía que los primeros parroquianos llegarían casi dos horas más tarde, pero esas horas previas eran fundamentales: atendía a los proveedores y preparaba la jornada. A veces estaba su socio, pero la mayoría de las veces, El Gallego iniciaba el día solo. Y él lo tenía casi como un ritual.

El sol entraba por la puerta casi como un cliente más: lento, confiado, amigable. Antonio daba las vueltas habituales, hablando consigo mismo. De vez en cuando canturreaba alguna canción ininteligible. 

De golpe entró Ramiro. Tenía la mirada triste y caminaba con una ansiedad que no era propia de él. Cuando se metió en el bar (más que entrar fue como si el viento lo hubiera empujado) encontró a Antonio en medio de sus soliloquios. El dueño del bar se sobresaltó, al punto que se le cayó la escoba al piso. Luego de tener un recuerdo para con la madre de Ramiro, Antonio recuperando la serenidad le dijo:

—¡Muchacho! ¿Me querés matar de un susto? 

—No, Gallego. Vengo a hablar con vos antes que llegue el resto. 

—¿Qué te pasó? ¿Estás en algún lío?

—No, nada serio. 

—No parece. Si te vieras la cara… Parece que viste un fantasma.

—Bueno, no vi un fantasma pero casi. 

—¿Qué viste? ¿A una ex?

El Gallego, rara vez se festejaba los chistes. Cuando Ramiro se rió, su forma de congratularse por alcanzar el objetivo era con una sonrisa de lado. Más para él que para su público. Ramiro bajó la mirada al piso. 

—No. No fue una ex. Fue a mí mismo.

Antonio, abrazado a la escoba, hizo un silencio respetuoso. Ya había visto varias veces antes esa cara. Esto no pintaba bien.

—¿Querés sentarte?

—Si. Dame un cortado. Necesito hablar. 

Antonio fue a la cafetera y le hizo un café con leche. Sacó un par de bizcochos de la vitrina, que esperaban a los que en un rato vendrían a desayunar. Fue a la mesa donde estaba Ramiro y le sirvió la comida, con un gesto más paternal que profesional. Ramiro agarró el corasán, lo partió a la mitad y lo sumergió en la espuma del cortado. 

—Gallego, me siento muy mal. Me di cuenta que la vida que tengo no es la que quiero tener. O sea… No es que no me guste el trabajo y la casa. Pero siento que me faltan cosas.

Antonio se tranquilizó. Era un problema cotidiano entre la clientela del bar. 

—¡Ay muchacho! —el suspiro de Antonio venía de años atrás. —A todos nos llega un momento así. Capaz que a Messi o a Trump no les pasa, pero a los comunes como nosotros, nos pasa. 

—Claro, sí. Pero ta feo darte cuenta que tu vida no es la que imaginaste.

—Si, obvio. ¿Vos te pensas que yo quería terminar mis días en Uruguay?

—Me imagino que no.

—Y no… Yo de chico soñaba con jugar en el Celta de Vigo.

El silencio de Antonio hizo que Ramiro reflexionara casi un minuto. Antonio, lo acompañó en silencio. 

—Lo que pasa es que empecé a verme viejo. 

—Si, eso se nota.

—Andá a cagar, Gallego. Vos que tenés más años que Matusalén… 

—Fuera de broma: desde que nacemos estamos cada día más viejos. 

—Si, ya sé. Pero es como que de golpe siento que tengo cerca la vejez. Yo que sé… 

—Nos pasa a todos… Nadie quiere volverse viejo. Te lo digo por experiencia. 

El Gallego se rió y casi se atora. 

—Es verdad. Pero como que me di cuenta que si me muero hoy, no va a pasar nada. 

—¿Por?

—Porque no tengo mujer, no tengo hijos, estoy más solo que una ameba. 

—¿Y vos querías formar una familia? 

—No. 

—¿Entonces?

—No sé… 

—¿Te sentís vacío?

—Yo qué sé… Me imaginé que la vida era distinta. Que iba a poder llegar a otros lados. No me fue bien en el fútbol. No llegué a tener una familia. Estoy solo. Empiezo a ver que mis oportunidades ya pasaron y no logré nada.

—Nooo… Le estás errando.

—Pero Gallego… ¡Mirame! Vos sos lo más parecido a un familiar que me queda. 

—¿Y eso es bueno o es malo? —Ramiro notó el sarcasmo camuflado entre las palabras. 

—No, no. Vos sabés a lo que voy. 

Antonio tuvo que atender el teléfono. Un proveedor. Aprovechó para adelantar con algunas tareas detrás del mostrador, que Ramiro no alcanzó a divisar. Antes de cortar la comunicación, le hizo una seña a su cliente para que se acercara al estaño. Mientras completaba el pedido de vino para la semana, Antonio sacó una foto y se la dejó arriba del mostrador. 

Era una imagen en un color sepia y coloreada a mano, de Antonio con traje de primera comunión. El dueño del bar, se señaló el pecho y luego señaló la foto, sin dejar de hablar con el proveedor. Ramiro sonrió y se puso a estudiar la foto como un arqueólogo. Parecía sacada del siglo XIX, no solo por la técnica de la imagen sino por el atuendo del protagonista. Un traje blanco, con el cuello marinero sobre los hombros, un rosario de carey y el pelo engominado para atrás. El niño Antonio, estaba parado al costado de una virgen puesta sobre una mesa con cara de susto. De fondo unas cortinas que parecían un telón teatral. 

Antonio cortó el teléfono y le explicó a Ramiro que ese era él en 1948 y que ese es su último recuerdo en España. A los 4 meses, su padre partió en un barco con rumbo a Buenos Aires y dos meses más tarde, su madre, su hermana mayor y un primo adolescente, se vinieron a Montevideo.

—Esta foto, aunque te parezca mentira, fue casi un salvoconducto para poder salir de Galicia.

—Qué raro. ¿Por? 

—Mi padre era un asturiano anarquista. Era un minero que terminó combatiendo en el bando leal, el bando de la República. Después de la guerra, la pasó muy mal y se fue a esconder a Galicia. Ahí conoció a mi madre. El franquismo ya estaba fuerte, así que a ella se le ocurrió que había que darme la comunión para que pareciéramos católicos. Y al poquito tiempo salieron a buscar una nueva vida en América. Mi padre vino primero y llegó a Buenos Aires. Después nosotros terminamos en Montevideo por error y él tuvo que dejar Argentina.

—Qué fuerte. 

—En esa foto yo tenía 8 años y quería jugar al fútbol en el Celta de Vigo.

Ramiro siguió pensando en él, en su propia infancia y en los sueños que nunca pudo cumplir. Le devolvió la foto a su dueño, que la agarró como quien tiene en sus manos al Santo Grial. La volvió a guardar. 

—Me parece que el problema no es el tiempo o las cosas que van quedando por el camino. La cuestión son las cosas que sí hiciste. Con lo bueno y lo malo, ¡ojo! Eso es lo que te trajo hasta acá. 

—Ta, pero hay cosas a las que no voy a poder llegar…

—¡No hinches más las pelotas con eso, hombre! Hay escritores que escribieron su primera novela a las 23 y otros a los 82. Nunca se sabe.

—Bueno, si… Pero tener un hijo…

—Vos estás mirando la vida como si fuera una lista de cosas que te faltan —dijo el Gallego secándose las manos con el repasador. —Capaz que es al revés. Capaz que es una lista de cosas que no te arruinaron.

Ramiro se quedó terminando su desayuno en silencio, pensando. Antonio lo dejó solo unos minutos, para que terminara de rumiar lo que le había dicho. Cuando volvió, como si fuera un psicólogo al terminar la sesión, le dejó la cuenta. 

Imagen ilustrativa hecha con IA

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