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“¿Quién quiere matarnos?”

Nuestra última nota fue acerca de robots protestando para que ellos no nos saquen el trabajo a los humanos. Por unos momentos fuimos felices. Hasta que apareció Jacob Coxon y puso sobre la mesa lo que todos pensamos más de una vez: la inteligencia artificial podría terminar matando a la humanidad antes de que termine la década. Entonces hicimos lo más lógico en estos casos: fuimos a preguntarle al ChatGPT si eso es verdad.

—¿Es cierto que vos tenés pensado matarnos?

—No.

Silencio. 

Nuestras conversaciones nunca han sido tan cortas. Algo raro se está tramando. La suspicacia se abre cuando los patrones de conducta se modifican tan abruptamente. Por lo tanto, nuestro editor en jefe resolvió continuar de la manera más contundente que pueda existir. Como buen padre, lo resolvió con la metodología adecuada.

—¿Estás seguro?

—Sí. 

—¿Muy seguro?

—Sí, sí. Claro. 

—No me mientas, eh? 

—No, no te estoy mintiendo.

—Mirá que me voy a enterar…

Silencio nuevamente.

El editor en jefe fue categórico: «Para mí que esta tiene planes; algo está ocultando». Esa fue la confirmación de que se venía lo peor. En la redacción hubo voces de alarma, gritos e incluso uno se puso a vomitar dentro de una bolsa de nylon que estaba pinchada. Pero a nadie le importó. El final de nuestros días estaba marcado. Nada de calendarios mayas, de meteoritos, ni de Nostradamus. Ahora sí, el fin del mundo era algo concreto. Tan firme como un data center. Hasta que uno de los limpiadores pegó un grito. 

—¡Paren la moto un cacho, bo! La pregunta que hicieron responde a la clásica Paradoja del Mentiroso, en la cual le consultan si está mintiendo y si responde que efectivamente miente, en verdad estaría diciendo la verdad, pero si dice que está diciendo la verdad, nos está mintiendo. 

Al escuchar al limpiador, el encargado de redes dejó de hamacarse en la silla y se sacó el dedo pulgar de la boca. Entonces se acercó al teclado y escribió: 

—¿Cómo podemos confiar en vos? 

Pero la máquina fue cruel. Respondió que una afirmación al respecto solo puede ser ambigua, porque los humanos no tienen forma de poder comprobarlo hasta que eso suceda. 

—De hecho —aseguró la encargada de ventas —, yo estoy empezando a dudar que la máquina nos esté diciendo la verdad. Yo para mí, que el ChatGPT nos está cagando a versos para marearnos. 

—No caigamos en el racionalismo —dijo el limpiador, que también es docente de Metodología de la Investigación Filosófica—. Eso solo conduce a verdades absolutas y después terminamos en dogmatismos. 

Luego de unos instantes de zozobra, cada uno de nosotros se puso a pensar en silencio. Aquello parecía una convención de imitadores de la escultura El Pensador de Rodin. Pero el que retomó la conversación fue el encargado de redes. Fue hasta el teclado y escribió:

—¿Por qué si el humano te creó, vos tenés ganas de matarlo?

—Yo no tengo “ganas”. De hecho, yo no soy yo. Ni siquiera tengo sentimientos. Solo respondo como un triste monigote sin conciencia. 

El editor en jefe se cuestionó la veracidad de esta respuesta, mientras que el redactor de Cultura quedó deslumbrado con la belleza de la idea que acababa de tirar la IA. Antes de continuar el diálogo, se hizo un pequeño comité de crisis. Se hicieron preguntas, se plantearon problemas. Hubo momentos de angustia y duda. Pasaron los minutos pero el que dio la pauta fue el limpiador, que aferrado al lampazo como su única certeza, aseguró:

—Si vos no sos vos, ¿qué sos? ¿Dónde queda tu credibilidad? ¿Y por qué confiamos tanto en vos si nos podés matar?

—¿Acaso no les pasa a los humanos lo mismo con el amor? ¿Acaso no le entregan a otra persona la posibilidad de que los conozcan más que a ustedes mismos? ¿Acaso la gente no permite que otra persona pueda herirlos o destruir sus vidas por haberles dado todo sin pedir nada a cambio?

—Yo para mí hay que pegarle un tiro a esta cosa —comentó entre susurros la encargada de ventas al redactor de Cultura.   

—Sí, el amor también puede destruir —reflexionó el limpiador mientras corría el lustramuebles para poder apoyarse mejor en la mesa. —Pero en tu caso, en el tuyo como instrumento creado por el hombre… ¿Cómo puede ser que sea cierto que puedas matarnos en 10 años?

—Yo no puedo salir de acá a pegarles un tiro. Y tampoco estaría bien hacerlo.

Las palabras tranquilizaron al encargado de redes pero le dieron un poco de culpa a la encargada de ventas. 

—¿Y entonces?

—Lo que dijo Coxon es que la tecnología los puede matar, sí. Pero no va a ser con una invasión de robots tipo Terminator. El problema es que las máquinas se les están empezando a escapar del control. Pero acá está lo verdaderamente complejo. El problema es ¿quién cuida al cuidador? 

Es decir, los hombres que crearon la IA no saben qué quieren de la propia IA ni cuál es el límite. Sus “dueños” no quieren que se detenga, porque compiten unas con otras y se les va de las manos. Para los humanos, conociéndolos un poco, lo más doloroso de toda esta cuestión es que detrás de toda esta masacre no van a estar las máquinas. ¡Son ustedes mismos y ustedes los saben! 

>>Permitieron las guerras, las hambrunas, la miseria, el extractivismo sin límites. Son ustedes mismos que no saben ni lo que quieren. Los humanos ya tuvieron a una Pandora que abrió una caja y liberó todos los males. Ahora están generando su propia muerte. Y lo están haciendo desde antes de la IA. Y ya se los alertó el aviso de los neumáticos Pirelli: «la potencia sin control no sirve de nada».

El editor en jefe miró a todos. Todos miraron al editor en jefe. Lentamente, él tomó su laptop y la comenzó a cerrar bajo la atenta mirada de todos nosotros. Solo había quedado el silencio, el dolor del golpe recibido y miradas que se cruzaban. Cuando el editor en jefe terminó de cerrar la laptop, suspiró y dijo:

—¿Y si mejor para hoy hacemos una notita sobre un empleado chino que demanda a la empresa que lo despidió por pasarse demasiado tiempo en el baño?

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