Buenos borrachos

En un lugar de Turquía de cuyo nombre no tengo ni la menor idea (o sí, pero no viene al caso), el señor Beyhan Mutlu se dispuso a tomar más de la cuenta y terminó con un pedo cuadriculado. Tal era su estado, que este buen hombre quedó fuera de radar para sus familiares y amigos. Resalto el término “buen hombre”, porque de otra manera no hubiera despertado entre su gente la necesidad de realizar una intensa búsqueda como la que inició su ausencia.

Equipos de rescate junto con personal policial fueron prestos en su búsqueda. En medio de la noche, los rescatistas removieron cielo y tierra en medio de una zona boscosa, complejizando la tarea. El tiempo pasaba y Beyhan no aparecía. 

Ya se dijo que Beyhan tenía (no sabemos si luego de este suceso aún lo mantiene) una simpática adicción por el alcohol, sumado a una bonhomía digna de admiración (o eso suponemos). Pero lo que no se mencionó aún es que también poseía un carácter medio dormido (por no decir que era un abombado a secas).

La cuestión es que Beyham venía pasando por la zona de la búsqueda y se encontró con todo el movimiento. Como el hombre bueno que es, se sumó a la búsqueda para dar una mano. En este caso, en búsqueda de sí mismo, como un paciente en terapia psicológica. Pasaban los minutos y el supuesto Beyhan desaparecido no aparecía. Hasta que en una de esas, gritaron su nombre completo y el borracho, que hacía un rato estaba de comedido, respondió “acá estoy”. 

Todos lo miraron y él confirmó su identidad. Entre la calentura de los equipos de rescate y viendo la que se le venía encima, el borracho se apretó (por no decir que se cagó, porque queda feo semejante expresión). Uno de los coordinadores de la búsqueda lo apartó y el hombre, no consigna la noticia si por estar preso del miedo o por deforestado mental, dijo: “agente, por favor no me castigue mucho porque mi padre me mata”. Le perdonaron la vida y la consecuencia del caso, solo fue comerse una multa por la alarma pública que generó. Una maravilla de historia. 

Este hecho me hizo acordar a una de las mejores novelas que leí en mi vida: “La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua” de Jorge Amado. A diferencia del caso del turco, el protagonista de la novela era un hombre rico que decide hacerse vagabundo para no soportar más a una familia de arribistas e inútiles. El hombre se hace una reputación a base de ser generoso con las prostitutas y linyeras. Hasta que un buen día muere y su familia quiere rescatar su cuerpo para darle sepultura y borrar su pasado de “sin techo”. Pero sus nuevos amigos sostienen que no y lo van a buscar.

No voy a contar muchos más datos de la novela. Solo decirte que es una maravilla de los giros argumentales, creando siempre una verosimilitud mágica que lleva a un final hermoso y poético. Son 57 páginas que las podés encontrar muy fácilmente en internet y que se leen de un tirón. 

En el caso de Quincas Berro Dágua el caso es sobre su muerte en Salvador de Bahía, Brasil. En el de Beyhan Mutlu, su desaparición en Bursa, Turquía. Pero algo tienen en común: noches de alegría, pedos tísicos, amistades de cantina, protagonistas buenas personas, familiares en una búsqueda frenética y finales poéticos.

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