—¡Antonio, otra cerveza! ¡La más fría que tengas!
El dueño del bar asintió cerrando los ojos y haciendo un sutil movimiento de cabeza. Dejó de lavar los vasos y fue a buscar una botella a la heladera. Sacó una casi congelada y cerró la puerta. Por un ratito, el vidrio se empañó dejando al resto escondidas tras la bruma, dando una sensación de frío que el bar no tenía. Es que el lugar tenía a modo de aclimatación, tres ventiladores de techo de los años 90 del siglo pasado que funcionaban de milagro. Cuando llegó a la mesa donde estaban El Sapo y El Cabeza, Antonio destapó la botella con si practicara un truco de magia. El Sapo le agradeció y como al descuido le preguntó:
—Che, ¿Y el Cachito? —recién ahí se percató de la ausencia del mozo.
—Por unos días no viene. El hijo mayor está con paperas y tiene que cuidar que no se la contagie a los otros dos.
—No sabía que el Cachito tiene 3 hijos —dijo el Sapo.
—Si. Uno de 11, otro de 6 y la chica de 3.
—¿Y la madre no los cuida? —preguntó el Cabeza con una sonrisa.
—Si, la madre también los cuida, pero se turnan. Ella trabaja en una fábrica de pastas y tienen que tener cuidado de no contagiarse.
—Eso es un verso, loco. —dijo el Cabeza.
—¿Cómo va a ser un verso? El tipo me mandó el certificado por whatsapp.
—No, eso no. Lo que digo que es un verso es eso de que la madre no lo pueda cuidar. Eso es de que no quieren laburar.
—¡No, Cabeza! —interrumpió en seco el Sapo —. Con tres pibes es flor de quilombo. Vos porque no tenés ni un perro, pero mirá que bancar a tres guachos encerrados es peor que estar laburando.
—¡Naa, viejo! Eso es porque la calor está insoportable y no quieren laburar.
Antonio se estaba por retirar de nuevo al mostrador, pero se detuvo. El Bar estaba vacío, salvo por estos dos. Así que Antonio, cosa que hacía de vez en cuando, agarró una silla y la puso en la mitad del pasillo que formaban las mesas. Cuando se sentó, Antonio retomó la charla.
—Mirá que tiene razón el Sapo, eh? —dijo usando un tono muy paternalista.
—¿Vos creés que estos quieren laburar? No me jodas. ¡Es la excusa más chota que hay!
—No, Cabeza. El tipo trabaja acá desde los 20 años y si faltó cinco veces es mucho. No sabés lo bien que le viene la propina que le dejan ustedes.
—Ta, él sí. Pero ¿y la mujer? ¿No se puede quedar la mujer en la casa? Vamos… ¡Ella no se queda porque está de viva!
—¿Qué sabés vos si está de viva o no? —arremetió el Sapo.
—Pero es obvio, muchacho. Ella es la que los tiene que cuidar. ¿No es la madre?
El Sapo no daba crédito. Miraba al Cabeza como quien estuviera en el medio de Jurassic Park. Al principio pensó que era broma, pero frente a su insistencia, empezó a dudar. Luego lo confirmó. Antonio, por su parte, no movía un músculo. Sentado con las manos apoyadas en sus rodillas y la camisola gigante y blanca como una túnica, parecía un monje.
—¿Te puedo hacer una pregunta, Cabeza? —interrumpió la charla Antonio.
—Si, claro.
—¿Está bien la cerveza?
Ambos rieron. Antonio sonrió.
—Si. Está buena.
—Está bien fría. Y con este calor… —dijo el Sapo, que ya le estaba dando otro besito al vaso.
—Mirá esa heladera, Cabeza… Es una belleza. ¡Mirá como enfría!
El Cabeza se giró para ver la heladera, con la puerta pintada por una nube blanca creada por el sistema de refrigeración. Sintió que el calor subía en su cuerpo.
—Lo que me está matando ahora, es que voy a tener que comprar un aire acondicionado.
—¿No jodas? —gritó el Sapo mientras lo miraba con los ojos bien abiertos.
—Y si. Estos ventiladores ya no dan más.
—¡Pa! ¡Qué demás, gallego! Ahí si que se pone lindo el boliche, eh?
—¿No está lindo así como está? —Preguntó Antonio con la sonrisa de quien muestra un imperio a sus pies.
—La verdad Gallego, es que vos lo tenés impecable. Lo atendés muy bien —dijo el Cabeza.
—Es mi orgullo. Acá empecé siendo mozo a los 17 años, cuando me vine de Galicia. Otro día les cuento bien esa historia. Pero imaginate. Empecé de mozo a los 17 y lo pude comprar a los 45. Hoy tengo más de 73.
—Y estás hecho un pibe —interrumpió el Sapo.
—Si, pero ni el Viagra me ayuda.
Rieron los tres.
—Les cuento algo. Adoro a este bar. Me mató el hambre, me dio trabajo lejos de mi patria y me muchos amigos. Toda muy buena gente. Toda gente de trabajo. Como ustedes.
Antonio se paró, con una agilidad que ni el Cabeza ni el Sapo tenían. Puso la silla de nuevo en la mesa de al lado. Le palmeó la espalda al Cabeza. y le dijo:
—¿Sabés lo que estoy haciendo cuando salgo de acá?
—No.
—Voy hasta la casa del Cachito y le llevo el pago la jornada y la propina que le dejaron.
—¿Por? ¿Si no está laburando?.
—Si, podría descontarle pero prefiero que mi empleado esté tranquilo.
—Sos demasiado mano abierta, Gallego. —dijo el Cabeza, mientras miraba el vaso.
—No. Lo hago por él y también por mí.
—No entendí —comentó el Sapo.
—Claro. Un laburante tranquilo trabaja mejor. Es un tipo agradecido. Es un tipo que no te va a cagar. Y es una persona que está contenta y cuida lo que hace, porque quiere seguir en donde está. Es una persona que se siente bien.
—A mi eso no me pasa —dijo el Cabeza casi en un murmullo.
—¿Y cómo te sentís? —preguntó Antonio sin recibir respuestas.
Sin hablar, Antonio se fue a la heladera, trajo una cerveza chica y se la regaló al Cabeza. Antonio retomó la charla:
—Regalo de la casa.
—Yo también quiero —dijo el Sapo, casi como si fuera un niño chico.
Antonio lo miró torcido, como un padre escucha el berrinche del hermano mayor mientras calma al más chico. Se volvió a concentrar en el Cabeza y le dijo:
—Los cinco viven en una casita humilde. Linda, pero sencilla. Los dos varones comparten el cuarto y la nena duerme con los padres. Cachito tiene casi terminada una pieza nueva. Le llevo la plata, porque la mujer no va a cobrar estos días. En la fábrica de pastas la tratan bien, pero son una empresa. Para hacerse unos pesos más, ella vende productos de esos de catálogo. Están como rata por tirante. Y para mí, Cachito es como de mi familia. Prefiero no comprar el aire acondicionado para poder pagarle el sueldo a él. ¿Te pensás que no puedo poner un pendejo que cobre mucho menos?
El Cabeza refunfuñó un poco, pero no respondió.
—La mujer no puede ir porque las paperas son muy contagiosas y en la fábrica de pastas no la dejan entrar así. ¿Vos te imaginás si el Cachito viene hoy y el también tiene paperas? ¿Mirá si te la pega a vos también?
El Sapo se rió y le comentó:
—Con ese marote, si encima te agarrás paperas vas a ser una pelota de playa.
A su amigo el chiste no le causó mucha gracia. Prefirió esconder su cara en el vaso de cerveza. Antonio aprovechó para rematar el momento:
—Así como yo cuido al bar, para el Cachito es importante cuidar a la familia. Un amigo mio, españolito también, una vuelta me dijo una cosa: Yo soy yo y todo lo que me rodea. Y si no me preocupo por lo que tengo al lado, se me va a complicar a mí también. Que el Cachito tenga que quedarse en la casa con botijas —la palabra “botijas” sonaba demasiado rara en ese acento galaico mezclado con castizo —no es mi problema. La cosa es que si Cachito no está bien o la pasa preocupado, me va a terminar jodiendo a mí porque se va a mandar alguna cagada. Y de paso, hasta lo cuido un poco al marmota ese, mirá…
—Sos demasiado bueno, Gallego —dijo el Cabeza como para sí mismo.
—No, Cabeza. Lo hago por él y lo hago por mí. Bobo no soy. Pero lo que se quiere de verdad, se cuida.