Imagínese por un momento que usted está cómodamente mirando “Hago que decir” con el Tío Aldo, (a quien le mandamos un gran saludo), y entra su hijo por la puerta. Ese ser que usted ha visto nacer y que llegó al mundo gracias a una borrachera descomunal. Ese ser que hasta no hace mucho tiempo atrás le pedía upa. Ese es el mismo que hoy cruza el umbral de su domicilio y le dice “Soy therian”.
Nos ponemos en su piel por un momento. En primer lugar, seguramente usted no tenga ni la más remota idea de qué le está contando su vástago. Puede que piense que adquirió una enfermedad autoinmune o que se haya hecho hincha de un club de fútbol americano que jugó por el Super Bowl de Bad Bunny. Pero es algo más simple y más complejo: su prole se autopercibe animal.
En general, se trata de sentir que dentro de su ser existe un animal irrefrenable. Lo que los psicólogos y psiquiatras denominan adolescencia. Solo que a diferencia de lo que los demás mortales sienten, estos jóvenes entienden que en su interior hay un espíritu animal, preferentemente de cuatro patas y con gran actividad, tales como zorros, lobos, tigres, perros, gatos, etc. Los que están chochos son los vendedores de caretas (porque ahí donde hay una necesidad, por más pedorra que sea, estará atrás el capitalismo).
Pero volvamos a ese padre o esa madre que estaba mirando la tele y su hijo le confiesa que se autopercibe perro. Las reacciones pueden ser de lo más diversas. Hay quienes han intentado internar a su vástago hasta quienes incluso se lo celebran comprándole un huesito de goma. Un padre nos contó que cuando su hijo le anunció que se autopercibe lobo, él le respondió que por las actitudes que había tenido creía que era más un bicho bolita.
Pero lo cierto es que la abundancia de therians puede deberse a otro problema aún mayor como sociedad y que está más invisibilizado: el flagelo de querer humanizar a los animales. Usted se estará preguntando: ¿qué hice yo para que mi hijo termine queriendo ser un cuis? No lo sabemos. Tal vez sea un impulso por llamar la atención, una forma de pertenecer a la manada (ya que adolescentes normales y therians comparten su espíritu gregario), o simplemente sea una moda pasajera, como lo fueron los “emos”, “los floggers” o incluso los “new romantics” (porque en cada época hubo cositas de este estilo).
Lo que sí puede ser un síntoma de estos tiempos, es que cada vez hay más familias que humanizan demasiado a las mascotas de la casa y tratan cada vez más como una mascota al pequeño retoño que engendraron. Porque vamos a ser sinceros: primero el perro tuvo una capita que terminó en una vestimenta similar a la de un rapero del Bronx, luego se le puso nombre de persona.
Más adelante, empezó a comer junto con los integrantes de la casa. Hay quienes incluso le lavan los dientes y le cuentan sus problemas laborales. Ya hay perros que tienen sus propias cuentas en Instagram y a los que les festejan el cumpleaños. Y todo eso sucede, mientras el hijo de la familia está enchufado a un celular en un rincón para que no joda a nadie.
Así que por algún lado comienzan las cosas que vemos. Esto de los therians seguramente sea algo pasajero, típico de gente de clase media resuelta cuyo mayor problema radica en ver cuál será el balneario adonde irán a vacacionar. Eso sí: si usted está en esta situación, busque un lugar con patio amplio para que puedan convivir su hijo perro y su perrhijo. Cuál es cuál, lo dejamos a su criterio.