¿Quién conquistó el futuro?

Una obsesión del ser humano es pensar en un tiempo ulterior. Esta capacidad de la razón actúa como un norte que nos orienta, tanto en nuestro calendario vital como en nuestro día a día. Y ahí vamos por el mundo, entre pensamientos que van desde lo que podría pasar si por fin Corea del Norte se decide a hacer llover misiles o lo que vamos a comer en la cena. Esto puede generar cosas tan disímiles y contradictorias como ahorrar para generar reservas o gastar a cuenta porque ya prevemos ingresos. 

A nivel colectivo, pasa algo muy parecido. Grupos de personas se organizan bajo principios compartidos e intentan desarrollar una serie de propuestas en busca de un objetivo común. Una definición a vuelo de pájaro de lo que significan cosas tales como las gremiales, los sindicatos, las organizaciones sociales o los partidos políticos. Es decir, gente pensando en el presente con un sustento en el pasado para alcanzar un futuro mejor. 

Hoy en día, y pese a quien le pese, esa visión de un futuro prometedor para la mayor parte de la sociedad la tiene la derecha. Es un dato de la realidad. Basta con abrir las redes o mirar los portales. Con un discurso simplista y maniqueo, nos venden promesas de un mundo de orden en la que el esfuerzo individual es premiado y la organización colectiva es sinónimo de corrupción o estafa. 

Los propios partidos políticos son una paradoja en sí misma. Líderes populistas enfocan sus discursos contra todo el sistema democrático, basados en polarizar al extremo las opiniones. La vieja premisa donde “estás conmigo o estás contra mí”, en la que nadie puede ubicarse en la neutralidad, busca romper el diálogo porque necesitan fieles cuasi religiosos. Pero luego cuando deben sentarse a negociar terminan bloqueados por su propio sistema. 

En medio de este mundo polarizado, la izquierda se quedó añorando un pasado mejor y angustiada por el miedo a perder lo poco que consiguió. A los ojos de muchos que nada tienen, su papel es conservador: cuidar lo que hay sin proponer nuevas metas. Ya no se habla de alternativas al capitalismo, porque en el fondo la izquierda global también piensa con la mentalidad de una startup. Los líderes se convirtieron en gerentes.

En cambio, la derecha tiene una meta clara y contundente: vienen con la solución a los males del mundo, que está puesto apuntar contra los que no se esfuerzan, los que vienen de otros lados, los que reclaman, los que atentan contra las buenas costumbres, etc. Es decir, “los otros”. Con un discurso tan simplista como seductor, ponen a pobres contra pobres, en un combate donde los millonarios se sientan a mirarlo comiendo pororó.

Si esto no fuera prácticamente una bitácora personal y hasta tuviera lectores, se que me podrían venir a decir que la izquierda tiene propuestas como la reducción de la jornada laboral o el reclamo del 1% de impuesto a la riqueza. Es verdad. Pero comparado con medidas del pasado, son prácticamente súplicas que caerán en sacos rotos. 

Son palabras que se dicen casi como un susurro, porque mientras algunos proponen una reducción de la jornada laboral a 6 horas, otros trabajan 12 o 14 horas arriba de una bicicleta. Y cuando se habla de impuestos, la gente no piensa que sirven para crear más y mejores servicios sino que son para el político de turno. La izquierda no conecta con las aspiraciones de la mayoría, porque el discurso de “sé tu propio jefe” caló más hondo que el de “proletarios del mundo, uníos”. 

La izquierda, que antes era la joven alternativa, ahora está pensando con la mentalidad de un jubilado que no puede adaptarse al paso del tiempo. En cambio, la derecha es como el tipo que se estiró la cara, se puso implante capilar y se broncea en cama solar. Por fuera parece mucho más atractivo, pero cuando vienen los días de humedad le duelen los huesos. Si la izquierda sigue en esta actitud “conservadora”, lejos de construirse en una fuerza para frenar al avance de la ultraderecha, solo será el sparring que le permita a los Trump del mundo poder lucirse como gladiadores todopoderosos.

Portada: Foto de Miguel Henriques en Unsplash

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