Un perro esperando al dueño

El Toto miraba por la ventana como esperando a un amor. De a ratos suspiraba; de a ratos sopesaba la pérdida de líquido en el vaso, como si no fuera él mismo, que se lo estaba bajando de a tragos. En aquella mañana, parecía que ninguno de los tres parroquianos del bar se percataba del estado de aquel tipo casi siempre alegre. Hasta que Ramiro, que recién había llegado y era el más nuevo de la barra, lo observó con detenimiento.

―Che, Toto… ¿Vos estás bien? ―preguntó mientras corría la silla de la mesa para sentarse frente a su amigo.

―Si, si… ―Respondió casi sin darle importancia a la pregunta.

―¿Tas seguro?

―Si, claro. ¿Por qué?

―¿Cómo, por qué? Parecés un perro esperando al dueño. Algo te pasa, boludo. 

―No, nada. ¿Qué me va a pasar?

―Bueno. Cuando tengas ganas de hablar, avisame. Ojalá dejes de pegar esos suspiros, que parecés un bagre afuera del agua. 

El Toto se rió y se quedó mirando pensativo, un poco a su interlocutor y otro poco a la ventana. Antes de que se volviera al estaño del mostrador, le pidió a Ramiro que volviera. Este accedió y se sentó con más rapidez que la vuelta anterior. 

―¿En qué andás vos? Nunca te vi así.

―Es que no sé… Me da vergüenza contarlo. 

―¿Es jodido? 

―No no.

―¿Andás con una minita?

―Noooo…

―Dale, pillo…

―Noooo… ¿Quién me va a mirar?

―En eso tenés razón. 

El Toto suspendió por unos segundos el viaje del vaso a medio camino entre la boca y la mesa.

―No. No es nada de eso.

―Decime que andás en la falopa o que estás timbeando en carreras de tortugas, porque no entiendo en qué mierda estás metido vos que andás así. 

―Te cuento, pero bajá la voz. 

―Ok ―respondió Ramiro, casi en un susurro. 

―Hice una compra por una app en China.

Ramiro levantó las cejas y abrió las palmas de las manos, más sorprendido que un ferretero escuchando a un cliente nuevo que se explica sin utilizar la palabra “coso”. El Toto se dio cuenta del sinsentido de su frase y aclaró: 

―Estoy esperando que me traigan un pedido acá.

―¿Acá en bar?

―Si. El gallego ya lo sabe. Me dijo que no pasa nada. 

―A ver… A mí me chupa un huevo. Por mí, comprate igual un lagarto y traelo. Mientras no me joda no pasa nada. Pero no entiendo por qué no lo pediste en tu casa. 

―Es que acá es más seguro que llegue. En mi casa no estoy en todo el día y mis vecinos son unos chorros. Si no ando en la vuelta son capaces de dársela al del courier.

―¡Ay, pero qué moderno el señorito! Dice “courier” en lugar de “repartidor”. Toto… Dejá de comprar por internet que te va a hacer mal. Jajaja.

―¡Andá abombado! El tema es que hace días que tenía que venir y no llega. 

Ambos hicieron silencio. El Toto volvió su atención para la calle, con la vista perdida entre los ómnibus y autos que pasaban por la avenida. En cambio Ramiro lo miraba con una sonrisa socarrona. Fue el Toto el que no aguantó estar callado: 

―Y no… No eran cosas muy caras.

―Baratijas ―secundó Ramiro. 

―Si. Cosas lindas para Manuela y para mí. ―Manuela era la hija. 

―Chucherías.

―Chucherías. ―Respondió el Toto con la voz dolida. 

―Entonces…

―¿Entonces qué? ―El toto miró directo a los ojos de Ramiro.

―¿Por qué estás mirando por la ventana como un perro esperando al dueño?

―Yo qué sé, Ramiro…

―La ilusión…

―Y si.

―Ese es el problema Toto. 

―No entendí. 

―Claro, Toto. El problema no es que no lleguen. El problema es la ilusión rota. 

―¿Sos psicólogo ahora?

―¿Qué te cambia a vos tener una cosa de mala calidad que sabés que te puede durar 5 minutos? Dejate de joder, Toto. Venite al mostrador que estamos hablando del Mundial.

Ramiro se levantó y se fue de nuevo al estaño, junto con el resto de la barra. El Toto se quedó mirando un ratito más por la ventana y suspirando. A veces nos hacen creer que somos independientes, pero como le dijo Ramiro, terminamos siendo el perro que actúa por impulsos ante las necesidades del amo. Y lo peor es que aún así lo queremos.

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