Hay preguntas que valen por su respuesta. Otras, por las reacciones que provocan. Al cierre de la conferencia de prensa en la que la Coalición Republicana anunciaba su negativa a votar la Rendición de Cuentas, el periodista de TV Ciudad, José María Caraballo, hizo un tiro de tres puntos que entró sobre la bocina. Una pregunta que, sin proponérselo, entra en el segundo grupo.
“Alguien puede entender por ahí que no votar esta Rendición de Cuentas podría ser darle la espalda a la gente; ¿qué se le responde en ese sentido?”. Antes de que se levantaran de la mesa, Caraballo lanzó esta interrogante. Lo que vino después fue de todo menos digno.
Hubo risas, burlas y abucheos. La senadora Graciela Bianchi chilló por encima del murmullo, “hay que cerrar TV Ciudad”. La única persona en la sala que hizo el amague de ser un político y no un barra brava, fue Javier García, quien respondió que a pesar de toda la reacción de sus colegas “la pregunta es válida”, pero que ya lo habían comentado en la conferencia. Ni bien terminó de decir eso, el colorado Andrés Ojeda (con el teléfono más veloz del condado) se abrazó con el nacionalista García y se sacaron una simpática selfie. Con ese gesto, se dio por finalizada de manera espontánea la conferencia.
Más allá del episodio puntual, esta actitud colectiva muestra una cara no siempre tan obvia: qué implica la democracia para estos legisladores. En esa reacción emergieron faltas de respeto, cuestionamientos al rol del periodismo e incluso intentos de censura.
La decisión de la Coalición Republicana de no votar la Rendición de Cuentas merece, por sí sola, una discusión política de fondo. No es un detalle menor que quienes sostienen que el país enfrenta problemas de seguridad, pobreza infantil o crecimiento económico decidan no acompañar las partidas destinadas, precisamente, a atender esas áreas. Esa tensión explica la pregunta de Caraballo. Pero la reacción que provocó terminó siendo, quizás, todavía más reveladora.
Lo de Bianchi no es nuevo ni es un caso aislado. Ya tiene un historial de episodios similares de hostigamiento a periodistas, intentos de censura y cuestionamientos acerca de qué medios son válidos y cuáles no. Más llamativo resulta el caso de Gerardo Sotelo. No por ser legislador del Partido Independiente, sino por haber ejercido el periodismo durante décadas e incluso haber presidido los medios públicos durante el gobierno anterior. Si alguien en esa mesa conoce el valor institucional de una pregunta incómoda y el papel que cumple un periodista en una conferencia de prensa, es precisamente él. Sin embargo él prefirió el silencio. Y, en este caso, el silencio también fue una forma de tomar posición.
Lo cierto es que la reacción colectiva de varios de los dirigentes presentes habla del signo de nuestro tiempo. Lo ocurrido expone una manera de entender la política donde la pregunta incómoda ya no se responde: se ridiculiza. Donde el periodista deja de ser un intermediario entre el pueblo y el poder para convertirse en un adversario. Y donde el rendimiento inmediato en redes sociales parece importar más que el intercambio de argumentos.
Por último, un detalle. Se nota que la pregunta de Caraballo tocó un nervio. Y ahí es cuando vemos la importancia del rol del periodismo en la sociedad. Una sola pregunta incómoda terminó generando más ruido que toda la conferencia de prensa. No porque modificara la posición política de nadie, sino porque puso a prueba algo mucho más importante: la disposición de quienes ejercen el poder para rendir cuentas, también cuando las preguntas incomodan. Porque esa, después de todo, es la otra rendición de cuentas que exige una democracia.
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