Hoy todos se están riendo de la Montaña Rusa del Parque Rodó, inaugurada días atrás. En redes la señalan y se mofan de ella. Pero eso es porque (obviamente) no entendieron nada. En Viciados de Nulidad le bancamos los trapos (o mejor dicho, los hierros).
Porque desde que se inauguró este juego mecánico, medios nacionales (y sobre todo internacionales), no paran de mostrarla como una anomalía de las montañas rusas del mundo. Y eso es un síntoma de los tiempos que corren: se premia la velocidad, la adrenalina y vivir con las pulsaciones a mil. Así están los que se ríen: pasados de rosca y durmiendo cada vez peor.
¡De qué se burlan, si después son los mismos que cada vez que hacen turismo en Uruguay se van elogiando la charla pausada, la humildad frente a la grandilocuencia y el mate en la rambla! Esta montaña rusa llegó para mostrarle al mundo que hay otra forma de ver las cosas, con cabeza y con identidad propia. Porque aquella sociedad que nos hizo únicos sigue viva.
Se burlan de que es petisa, de que es lenta y de que no compite contra las demás montañas rusas del planeta. ¿Y? Hace tiempo que ya está todo dicho. Y mientras todos se ríen de ella, la montaña rusa canta con voz de Tita Merelo:
“Critican si ya, la línea perdí
Se fijan si voy, si vengo o si fui
Se dicen muchas cosas
Mas si el bulto no interesa
Porque pierden la cabeza
Ocupándose de mí”.
Por eso, mientras que en los países del primer mundo se celebra la inauguración de montañas rusas pensadas para hacer gritar de miedo, en Uruguay se crea la primera que domestica a la velocidad. Una en la que, aún con sus vueltas y vaivenes, transforma el vértigo en momento de reflexión. Porque más que vivirlo como un viaje adrenalínico, es casi como una sesión de terapia.
Así es Uruguay y así debe ser su montaña rusa. Una penillanura levemente ondulada; un lugar donde todavía se dice “permiso”, “buenas tardes” y “muchas gracias” (por lo general en ese orden). Porque no es lentitud; es identidad. Y siguiendo el espíritu que nos inculcó “el Maestro” Oscar Washington Tabárez, ella siente que “el camino es la recompensa”.
Cambiemosle el nombre a la Montaña Oriental y hagamos que el Ministerio de Turismo la convierta en nuestra nueva imagen fuera de fronteras. Subámonos a ella, con el mismo orgullo con que va luciendo los colores del pabellón patrio. Porque más que un trayecto de locura, es una nueva Vuelta Olímpica directo al corazón del sentir uruguayo. Mientras tanto, que los otros hablen, que en eso Tita tenía razón:
“Y no dirán que me engrupí
Porque modesta siempre fui.
Yo soy así».