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La culpa es del invierno

El problema del Uruguay no es ni la educación ni la seguridad ni la economía. El problema es el invierno. Tenemos la sociedad que tenemos, porque vivimos bajo este invierno siempre gris, lluvioso y húmedo. Si por lo menos tuviésemos nieve o grandes cadenas montañosas, la cosa sería mejor. Pero ni siquiera eso nos otorgó el Tata Dio.  En esta nota vamos a analizar los pormenores de este flagelo.

En Uruguay, el invierno es una de las épocas más repugnantes que puedan existir. No tiene un clima hollywoodense, con gente patinando en pistas de hielo en los parques. Ni es una escena al costado del Sena parisino. Ni siquiera es hostil como la Siberia rusa. Es peor. Es un clima cansino y sucio, que te ataca por donde menos te lo esperás. 

Eso se ve en las acciones del gobierno. Del invierno se encarga el Mides; del verano, el Ministerio de Turismo. La diferencia salta a la vista. Es un clima clasista. Mientras el invierno mata a los más pobres y vulnerables, el verano, a lo sumo, puede matar a algún gordo pedófilo de joda en Punta del Este

Hasta en el punto de vista económico es una inmundicia. Para poder sobrellevarlo, hay que tener la plata suficiente para sostener una calefacción adecuada. Como puede comprobar cualquier electricista, casi todo lo que calienta resulta más caro que lo que enfría. Incluso hay que gastar más en ropa y abrigo. ¡Y hasta en comida! Entonces termina siendo más caro que el sueldo de parlamentario.

Esto, como sociedad, nos interpela. El clima definitivamente moldea la identidad nacional. El uruguayo no baila y habla fuerte como el cubano, que a pesar de todo sigue aferrado a la vida. El uruguayo no es tan sensual como el contoneo del venezolano. Ni siquiera es altanero como el porteño argentino, que convirtió el clima en un desafío personal y sabe arremeter contra todo. 

Es que en invierno, en Uruguay no hay nada. A lo sumo, vas a encontrar gurises jugando al fútbol en el medio de un lodazal; una escena más cercana a Peppa Pig que a una justa deportiva. Y ni siquiera da para practicar el curling (que suena a práctica sexual cuando en verdad es un deporte), porque tampoco se genera un hielo que soporte que le tiren rodando una garrafa de tres kilos. Solo una escarcha, que para lo único que sirve es para quemar las plantas.

Las secuelas del invierno uruguayo son fáciles de identificar. Podemos encontrarnos con un trámite que camina igual de lento que una babosa, reuniones eternas debido a muchísimo tiempo para hablar, una puntualidad con un lapso de más o menos media hora y un gusto particular (casi perverso) por un pasado que fue mejor y que dicen que incluso había calor. No conocemos ningún estudio que confirme esta teoría. Pero tampoco ninguno que la descarte. 

Tampoco en el fútbol: la seña de identidad más oriental siempre fue un juego defensivo, áspero y lento. Nunca un “jogo bonito”  ni una “naranja mecánica”: “hacha y tiza”. Por eso, desde estas tierras solo puede salir un Lautréamont, un Onetti o un Benedetti. Nunca un García Marquez o un Jorge Amado

Lo que para el resto del mundo es una calma vista casi como un don, en verdad es un clima que genera habitantes raros en este planeta. Un uruguayo es una mezcla de filósofo estoico, depresivo contumaz, burócrata crónico, asmático sin remedio y petiso acomplejado. Y mientras día trás día vemos el mundo arder, en Uruguay, todo lo que sucede tiene otro cariz. Por eso acá todo llega más tarde y ya conocemos el efecto.

Con este estado de situación, el invierno uruguayo solo le puede gustar a tres clases de personas: A los que tienen mucha plata, a los que tienen problemas de salud o a los que tienen problemas de salud mental. La comunidad científica todavía no quiso pronunciarse sobre este asunto, probablemente porque también vive en Uruguay.

Tal vez por eso el mate es mucho más que una infusión: es una tabla de salvación para ponerla bajo el brazo y salir a buscar una charla. Una excusa para sobrellevar un tiempo que parece avanzar de manera distinta al resto del mundo. Un refugio para que ese tiempo se vuelva un poquititito menos lento cuando se comparte con otros.  Porque, después de todo, el invierno nos enseñó que la única forma de sobrevivirle es juntos. Al final, el invierno no dura tres meses. Dura todo el año. Y probablemente desde hace dos siglos. 

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